Una ciudad gris, con calles grises, con gente que muchas veces suele ser gris. Así es Santiago, la capital de Chile, o al menos así es el centro. No siempre es así, muchas veces pareciera que toma colores, y que la gente de pronto se vuelve agradable. El viejo optimismo de pintar el asfalto. Algo más o menos de ese estilo era la personalidad de Diego, un niño de diez años de edad, que iba a un colegio cualquiera en la comuna de Ñuñoa, a pesar de vivir en Peñalolén. Era de contextura promedio, pues se alimentaba bien dentro de lo que el factor económico le permitía, y tenía el pelo castaño oscuro, de un tono que a veces se confundía con negro y a veces con café, en los días más soleados. Medía algo así como metro y cuarenta y tres, siendo promedio dentro de la estatura de su clase. Tenía la cara un poco redonda, y una nariz algo pequeña en cuanto a proporciones faciales. Su tez era más bien oscura, similar al color de un zambo. Dentro de todo era un niño feliz: no destacaba en notas en su clase, pero tampoco se dejaba aplastar por el aburrimiento y el sometimiento de asistir cada día a clases, a oír muchas cosas que no le interesaban siempre. Sus padres, a pesar de estar separados, eran bastante unidos (muy buenos amigos) y no dejaban de expresarle el cariño que sentían por él. Quizá era eso lo que a ratos le incomodaba: tener que viajar de la casa de uno a la del otro. Vivía con su madre, Casandra, en un pequeño departamento en avenida Grecia, de esos que les dicen blocks. Ella era una mujer muy esforzada, que trabajaba de cajera en un supermercado y acompañaba a Diego al colegio todas las mañanas. Era muy delgada y usaba su largo y ondulado pelo tomado en una cola que casi nunca soltaba. Su padre, quien un tiempo después de separarse de su madre se volvió alguien de dinero abundante, vivía en Providencia, también en un departamento, claro que mucho más espacioso que el de su madre. Él, Gerardo, trabajaba en una constructora (era ingeniero) y tenía un auto muy grande en el que a Diego siempre le habría gustado andar como conductor.

El día típico de Diego era ir al colegio y luego de tratar de hacer un momento las tareas (tenía serios problemas de concentración) ir a jugar con los amigos que tenía por el barrio. Con ellos iban de plaza en plaza jugando, haciendo la cosa que se les ocurriera en el momento. A veces se aventuraban a ir a caminar lejos, llegando a veces caminando a José Arrieta, otra avenida bien amplia en la que había una especie de condominio en el que vivían solo militares y sus familias. No le gustaba mucho pasear por ahí, las entradas del condominio muchas veces estaban protegidas por militares vestidos y armados de rostros duros y amenazantes, que le hacían sentir un no sé qué al chico. Antes de que oscureciera (muchas veces justo cuando se daba cuenta de que estaba oscureciendo), Diego corría a su casa a esperar a su mamá, que llegaba a eso de las ocho de la tarde, casi siempre quejándose del transporte público y de su supervisor, un gordo de bigote negro que se hacía el simpático con la mayoría de las personas. Comían y luego se acostaban en la única cama que tenían a ver televisión hasta que se quedaban dormidos. Cada dos fines de semana iba al departamento de su padre. Él pasaba a buscarlo en su ostentoso auto, que atraía la atención de todos los vecinos, y se iban rápidamente hasta Providencia, en donde Diego no se divertía tanto como en su barrio. Allá no conocía a nadie, y casi lo único que hacía (por eso mismo) era ver televisión y comer mucho junto a su padre, quien en la semana andaba tan ocupado que casi ni hablaba con él. Cuando salía a caminar por esas calles (que a veces le parecían mucho más limpias que las calles de su barrio) no se entretenía mucho. Veía a mucha gente, casi siempre mayor, paseando perros y leyendo. A pesar de eso, Diego le tenía mucho cariño a su padre, aunque no lo sentía tan cercano como a su madre.

En el colegio todo era distinto. La cantidad de niños y jóvenes que salían al patio de recreo eran tantos que era imposible no hacerse amigos y, cómo no, enemigos. Entre los mejores amigos de Diego estaban Tomás, un gordito muy simpático a quien separarlo del televisor en su casa era toda una hazaña, y Hernán, un niño robusto muy inteligente que ayudaba, por su tamaño, a ahuyentar a los que buscaban problemas. Eran casi inseparables, excepto cuando se iban del colegio. Vivían lejos: Tomás vivía en La Florida y Hernán en Puente Alto. Casi siempre se iban juntos en el primero microbús que tomaban, pero luego se tenían que separar. A veces los fines de semanas se iban, cuando Diego lograba convencer a su mamá de lo dejara andar solo en locomoción pública. Respecto a lo académico, como ya he dicho, Diego no destacaba, incluso a veces se ganaba unas palabras de decepción de su madre cuando sus notas bajaban a pique. En esos tiempos su madre no lo dejaba salir tanto (aunque de todas formas se escapaba cuando ella trabajaba) y le pedía que se concentrara más en clases. Para Diego no era tanto como que no se concentrara en clases, y eso era lo que no entendía el resto. Más de alguna vez le habían hecho ir a un psicopedagogo (pagado por su padre, claro), que, se supone, le enseñaba maneras de estudiar y concentrarse más. Todo esto era inútil, pues no era que el chico no se concentrara, sino que se concentraba en otras cosas, en cosas que pasaban a su alrededor y que le llamaban la atención, cosas que no siempre veía el resto y que parecían seguir a Diego a donde fuera. Por ejemplo, casi siempre en clases animales aparecían en las ventanas, que parecían vigilar a Diego, pues lo miraban fijamente durante un buen rato hasta que desaparecían, simplemente. Casi siempre eran gatos o pájaros, a los cuales el chico se les quedaba mirando fijamente hasta que el profesor le llamara la atención: era lo malo de sentarse en primera fila. Pero no se reducía al colegio, muchas veces Diego tenía un aire como de ido, pues también en la calle, cuando salía a jugar con sus amigos, le pasaban cosas. Muchas veces le pareció ver luces blancas que volaban, que, extrañamente, cuando se las señalaba a sus amigos, éstos no las veían y le decían que dejara de molestarlos.

Todo eso enmarcaba lo que podríamos denominar la normalidad dentro de la vida de Diego. Claro que había cosas que resaltaban, que escapaban de este marco. Una de esas cosas sucedió en Noviembre, un día que nublado, de los últimos de invierno. Había salido  jugar con sus amigos y estaban en José Arrieta, frente a la entrada del condominio en donde vivían los militares. A varios de sus amigos se les había ocurrido ir a hacerles morisquetas a los militares que cuidaban las entradas, y estuvieron un buen rato en eso. Estaban pasándolo de lo mejor, riéndose a carcajadas viendo cómo los rostros duros de los militares temblaban para no alterarse cuando veían las morisquetas de los niños, conteniendo risas estrepitosas que no debían expresar. Cuando ya se acercaba la noche y los cuidadores hicieron cambio de turno, el militar a quien toda la tarde habían molestado se dispuso a cruzar la calle. Probablemente era para ir al paradero de microbuses que estaba en la acerca en la que estaban los chicos, pero ellos creyeron que iría a cobrar venganza. Tanto fue el pánico que les entró que corrieron en todas direcciones, sin saber hacia dónde ir para refugiarse. De este modo, todos se separaron, quedando Diego corriendo sin parar por pequeñas calles que no conocía del todo. Subió un poco más hacia la cordillera, corriendo a la velocidad que sus piernas le permitían, hasta que se halló en una plaza en la que nunca había estado. Se detuvo en seco, y se agachó un poco mientras jadeaba. Una vez que recuperó el aire, alzó la vista en todas direcciones, intentando intuir en donde se encontraba. Había oscurecido, y las calles que le permitían salir de esa plaza no tenían demasiada luz, por lo que orientarse le resultaba muy difícil.

-¿Te ayudo? –dijo una voz a sus espaldas. Diego volteó y vio a menos de un metro de él a un joven alto, que medía más de tres cabezas que él y que lo miraba desde la altura. Llevaba un jockey puesto y estaba acompañado de un joven más, que miraba en todas direcciones, como si estuviera esperando algo.

-Si -comenzó a decir Diego, algo intimidado por la corta distancia que guardaba del joven. Dio un paso hacia atrás y lo miró con atención a los ojos-. No sé dónde estoy y se supone que deberías estar en mi casa hace rato… mi mamá debe estar preocupada.

-Ah, tienes que ir a tu casa –dijo el joven, con un tono como si en realidad esas palabras no significaran nada. Hablaba rápido y, mientras lo hacía, se acercaba a Diego, quien, intimidado, intentaba alejarse -. Tranquilo, no te asustes, si no te voy a hacer nada.

Comenzaba a acercarse cada vez más y Diego torpemente caminaba hacia atrás, sin saber que pronto toparía con un poste de luz que no alumbraba nada. Una vez hubo topado, tragó saliva lentamente, nervioso, ahora ya sabiendo las intenciones del joven, que se acercaba más y más. Sin pensarlo dos veces, Diego se corrió hacia un lado, dispuesto a comenzar a correr a toda velocidad hacia donde fuera con tal de separarse de esos jóvenes. Sin embargo, una mano grande y descuidada lo tomó por el cuello de la camisa, ahorcándolo levemente mientras lo mantenía en el lugar en el que había quedado.

-Epa, epa, ¿a dónde crees que vas? –le dijo la voz del joven a sus espaldas, mientras Diego se llevaba las manos al cuello, adolorido. Sintió unos pasos, probablemente del segundo joven, que se acercaba más –. Te dije que podía ayudarte y tú te escapas… tienes muy mala educación, chico.

Una vez dicho esto, el joven tiró con más fuerza el cuello de la camisa de Diego, acercándolo hacia sí. Pero Diego no alcanzó a topar con el joven, porque un par de centímetros antes el joven detuvo el tirón, haciéndole sentir al chico la punta de algo punzante en la espalda. Un cuchillo, sin duda. Una gruesa gota de sudor frío cayó de su sien y sintió cómo el nerviosismo se apoderó de él. El segundo joven, luego de haber mirado dos veces alrededor, se acercó a Diego y le metió las manos en los bolsillos, revisándolo. Halló las llaves de su casa, las tiró al piso y siguió revisándolo, sin encontrar nada.

-¿No tiene na’? –dijo, incrédulo, el joven que lo tenía agarrado y amenazado. Luego de un gesto de negación del segundo joven, lo empujó hacia delante, haciendo que Diego chocara con el otro joven y cayera el piso. Se levantó con toda la rapidez con la que pudo e intentó correr nuevamente, logrando resultados similares. Alguno de los dos jóvenes lo tomó por los hombros y lo volteó, dejándolo frente a él. Acto seguido, sacó un cuchillo de su bolsillo, y fue allí cuando ya nada fue lógico. Una gran bola de luz surgió en el espacio entre Diego y el joven que se disponía a apuñalarlo, al tiempo que sonaba un estruendo. La bola de luz se expandió rápidamente, hasta dejar cegado a Diego por unos segundos. En esos escasos segundos, oyó cómo gritaban ambos jóvenes, seguido del ruido que hacen las cosas cuando caen al suelo desde una altura considerable.

Cuando recuperó la vista, vio a ambos jóvenes tendidos en el piso, moviéndose levemente, como si estuvieran adoloridos. Sin entender nada, ni querer hacerlo, Diego salió corriendo por una de las pequeñas calles que colindaban con la plaza en la que estaba, dejando sus llaves y un grandísimo susto tirado en la plaza. Corrió y corrió sin pensar ni verificar hacia dónde lo hacía, hasta que luego de unos minutos que le parecieron eternos llegó a avenida Grecia. No se detuvo, una vez hubo reconocido el lugar en el que estaba, dobló por la esquina y siguió corriendo hasta llegar a la puerta de su casa. La golpeó frenéticamente y, un par de segundos más tarde, su madre abrió la puerta con un rostro que expresaba la mayor de las preocupaciones.

-Diego, ¡por Dios! –dijo, con una voz aliviada y enojada, abrazándolo -. ¿Dónde te habías metido a esta hora? Estaba tan preocupada…

Por primera vez en mucho tiempo Diego sintió cómo una lágrima caía desde su ojo izquierda, producto de tantas emociones y, a partir de ese día, nada volvió a ser lo mismo.

***

Luego de unas semanas, varios intentos de convencer a sus amigos de que no mentía y varias ocasiones en las que quedó como un mentiroso y un tonto, la vida de Diego parecía ir hacia el marco de normalidad del que hablé anteriormente. Sin embargo, y como dije también anteriormente, a partir del día en que intentaron a asaltar al chico nada volvió a ser lo mismo, y eso incluía a Diego. Después de contarles la historia varias veces a sus amigos tanto del colegio como a los de su barrio, Diego había quedado casi como el loco del grupo, excepto por Jonathan, un chico nuevo del barrio que parecía no ser tan reacio a creer la historia. A pesar de que en realidad Diego no creía que el chico le creyera, sino que lo hacía para caer bien, se sintió muy agradecido. Al menos tomó a todos por sorpresa, y con eso le bastaba. En casa también cambiaron las cosas: su madre realmente se había preocupado cuando Diego le contó la historia, pero no comentó nunca –Diego creía que por su preocupación – la parte de la historia del destello y el estruendo. Se preocupó mucho por las andanzas de Diego por la calle, y hasta pensó en no dejarlo salir sin un adulto, a lo que el chico se opuso rotundamente, negándose a obedecer a cualquier cosa que su madre le dijera en relación a no salir. La reacción de su padre fue similar, aunque, como siempre, un poco más distanciada. Tuvo tiempo para contarle el fin de semana siguiente, cuando fue a su casa. Apenas se lo dijo, el fornido hombre guardó unos minutos de silencio, con los ojos fijos en el televisor. La quietud de la habitación era tanta que parecía que algo fuera a explotar, como si el ruido que no había en ese momento se fuera acumulando hasta ya no poder más. Finalmente su padre le dijo que tuviera más cuidado, que no saliera tanto. La simpleza de la respuesta fue como un peñasco en la morena cara de Diego. Quizá fuera porque mientras más crecía más maduraba y se daba cuenta de las sutilezas, o quizá simplemente fue una equivocación, pero sentía que cada vez que veía a su padre se distanciaba más de él. Muchas veces le preguntaba diversas cosas sobre su oficio, sobre qué cosas hacía en la semana, pero su padre simplemente le decía que no era tiempo para eso, y cambiaba el tema. Y desde que le contó acerca del suceso de los asaltantes, esa distancia pareció agrandarse abismalmente. Parecía que a partir de ese suceso el único refugio contra la indiferencia de su padre y la paranoia de su madre eran sus amigos, quienes después de unos días de que Diego no insistió con el tema comenzaron a olvidarlo y todo volvió a la “normalidad”, o al menos eso creyó.

La normalidad que tanto anhelaba Diego no volvió. Y no era que la anhelara porque no le gustaran las cosas que le pasaban (a nadie le habría gustado que lo apuñalaran), sino por el trato que recibía de la gente cada vez que contaba esas historias. No sabía si era sensación suya o si de verdad pasaba, pero más o menos desde la fecha del suceso, las visitas de animales a la ventana de su sala de clases y las luces blancas que lo seguían eran cada vez más frecuentes. Era tal el grado de anormalidad que parecía estar alcanzando la vida del chico que un día de la semana siguiente al suceso, estando en clases, un grupo de tres palomas y cuatro gatos ocuparon las ventanas de su salón, mirándolo fijamente, tal y como hacían individualmente en otras ocasiones. En esa ocasión simplemente no supo qué hacer. Se quedó con los ojos como platos mirando la ventana, hasta que el profesor lo regañó, quedando en ridículo frente a toda la clase por su cara de sorpresa (lo cual no era poco, pues eran cerca de cuarenta estudiantes). Luego de ese día Diego se decidió a averiguar qué sucedía; eran demasiadas las cosas extrañas que pasaban a su alrededor y la necesidad de saber qué era lo que tenía que lo hacía ver cosas que el resto no veía le intrigaba demasiado, sin embargo no sabía ni por dónde empezar ni cómo iba a terminar. ¿Cómo averiguaría qué pasaba? ¿Qué tenía que hacer para averiguar qué querían todos esos animales, qué eran, qué buscaban? ¿Y las luces? ¿Y el suceso en la plaza? Tenía demasiadas preguntas en la cabeza y muy pocas ideas de cómo resolverlas y eso le angustiaba un poco, pero más le angustiaba que nadie lo entendiera, que nadie viera las cosas que él veía, que nadie le creyera.

Diego estuvo un poco deprimido las siguientes semanas. Luego de clases solía irse caminando a casa, un trecho bastante largo, de algo así como una hora. Y es que seguía con las preguntas rondándole en la cabeza y, como en esos días comenzaba a hacer más calor, irse a casa en el microbús (que a la hora que él salía del colegio iba particularmente lleno) era bastante desagradable, por decir lo menos. Así pasó varios días, reflexionando, incluso había días en los que no salía con sus amigos, y se quedaba tendido en su cama mirando el techo, pensando, cavilando, inventando historias, enfermedades y todo tipo de cosas que explicaran las cosas que le ocurrían, pero nada conclusivo.

Llegó Diciembre y con él la capital se imbuía por las tardes de un calor insoportable. Era común que los chicos al volver del colegio llegaran a casa con grandes manchas de sudor en las camisas, sobre todo Diego, quien iba caminando hacia la suya. Fue uno de esos días de calor que su decisión de averiguar a toda costa qué era lo que pasaba pareció estar tan cerca. En realidad siempre estuvo cerca, solo que al chico no se le había ocurrido antes una posibilidad tan descabellada. Así, en una tarde de la primera semana de Diciembre especialmente calurosa, estando Diego en clases, algo atontado por el excesivo calor que había al interior de la sala de clases, vio una vez más al grupo de siete animales posados en la ventana, atentos a cada movimiento del chico. Levantó la mano rápidamente, pidiendo atención al profesor. Una vez el viejo profesor de cabello blanco y vestido con una camisa arremangada y una corbata a rayas lo hubo mirado a través de sus enormes anteojos con un gesto de extrañeza, Diego preguntó con palabras atropelladas si podía ir al baño, a lo que el profesor contestó un “sí” lentamente con la cabeza. Apenas hubo visto que la cabeza del profesor comenzaba a moverse, el chico salió disparado por la puerta, corriendo a toda velocidad por el pasillo, bajando la escalera y corriendo por el pasillo del primer piso, hasta llegar a una esquina por la que dobló y corrió hasta el costado del colegio, un estrecho hueco entre el edificio y la reja que delimitaba el recinto. Desde allí podía ver la ventana de su salón: segundo piso, quinta ventana desde donde estaba hacia la entrada del colegio. Una vez fijó su mirada allí, desde la ventana le devolvieron la mirada tres palomas y cuatro gatos, los cuales al instante volaron y saltaron al suelo, respectivamente. Diego no esperó: esa era su oportunidad, aunque no sabía exactamente de qué. Simplemente corrió al lugar en donde habían caído los gatos, los cuales a su vez corrieron hacia la entrada del colegio, en donde se escabulleron entre los barrotes y siguieron corriendo por la calle. Cuando el chico estuvo frente a la reja, un debate interno comenzó a desatarse en su interior. Finalmente tomó una determinación. Esa era la oportunidad de averiguar qué había detrás de todos los extraños hechos que sucedían a su alrededor, y valía la pena correr el riesgo de ser descubierto por el inspector o el portero. Trepó con dificultad por la reja, sin preocuparse por si alguien lo veía, y saltó hacia el otro lado. Luego de estabilizarse, comenzó a correr tras el único gato que en ese momento veía, un gato gris un poco más grande de lo normal que doblaba por una esquina en ese preciso instante. Dobló por la misma esquina y siguió corriendo, esquivando a la gente que caminaba por la acera, de los cuales recibió más de un insulto, pero no le importó. A él solo le importaba atrapar a ese gato y averiguar (no sabía cómo) qué era lo que quería. Corrió cerca de quince minutos tras el gato, hasta que, al cruzar una calle, el gato trepó por una pared de una casa y se perdió de vista. Diego se detuvo, jadeante, maldiciendo. Había perdido su única oportunidad de averiguar qué pasaba a su alrededor, así como así. Distraído, volvió al colegio caminando, sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo y en lo que le causaría la torpeza que estaba a punto de cometer. Luego de veinte minutos de caminar llegó, aún sumido en sus pensamientos y enrabiado consigo mismo por no haber atrapado al gato. En la puerta lo estaban esperando el profesor que lo había dejado ir al baño junto al inspector, ambos con severas miradas en contra de Diego y con un rostro de enfado que nunca antes había visto en nadie.

-Parece que estamos en problemas, señor Acuña –le dijo el inspector, un hombre mayor de bigote negro, delgado, que lo miraba ahora con un rostro que le pareció a Diego que no solo expresaba enfado sino también satisfacción.

La distracción le costó una reunión de la directora del liceo con su madre y que peligrara su lugar en el establecimiento: cualquier otra falta a las normas le costaría la expulsión. Lo primero que hizo su madre fue preguntarle qué había pasado. Diego le contó, dolorosamente (pues sabía cuál sería la reacción de Casandra), con lujo de detalles lo que había pasado. Ante la historia, su madre hizo una mueca muy parecida a una mueca de dolor y le dijo que no podría salir más durante las tardes, hasta que hubiera hecho todas las tareas. Para Diego daba igual, de todos modos su madre seguía con el mismo horario de trabajo. Pero no le dio igual finalmente, pues su madre le comunicó, con un semblante muy serio, que iría una vecina todos los días a verificar que hubiera hecho sus deberes. Creía que su madre nunca llegaría a tal extremo. En general tenían una relación muy buena, muy comunicativa, pero, desde que habían comenzado a pasar todas las cosas extrañas, había cambiado. Diego la notaba más preocupada, le preguntaba mucho más cómo se encontraba y cómo se sentía, como si pensara que el chico había enloquecido o algo parecido. De hecho, fue esa la conclusión que obtuvo Diego un par de días después, cuando su madre, al llegar del trabajo, le comunicó que quería que fuera a un psicólogo. Protestó como nunca lo había hecho, enfadado, ofendido. Su madre simplemente fingió no oírle, y le dijo que se comunicaría con su padre para arreglar el tema monetario con respecto al psicólogo. Se fue al único dormitorio de la casa, en donde estaba el teléfono. Diego, aún sorprendido, se quedó parado en la puerta de la casa, pensativo. No podía creer que su madre no le creyera y le fuera a enviar a un psicólogo. ¿Qué pretendía? ¿Creía que él iba a dejar de ver esas cosas por ir una vez a la semana a conversar con una persona? Sí, en algún momento él también pensó que podría ser parte de su imaginación, pero a fin de cuentas se sentía traicionado, como si su madre se hubiera pasado a otro bando, dejándolo totalmente solo.

Un grito interrumpió sus pensamientos. Era su madre y parecía estar gritándole a su padre a través del teléfono.

-Pero, ¿qué es lo que te pasa? –decía, en voz muy alta, con el auricular en la oreja-. ¿Crees que te miento? Te estoy diciendo que Diego está viendo cosas, que llega y me cuenta un montón de historias sobre luces, animales que lo vigilan, ¿qué quieres que haga?

Un momento de silencio, en el que su padre seguramente le estaba dando explicaciones. Nunca había oído algo parecido… sus padres se habían llevado siempre muy bien, pero al parecer su padre se oponía a enviarlo al psicólogo. A pesar de que eso significaba que probablemente se estuviera poniendo de su bando, Diego no se alegró. Estaba muy dolido con su padre, por su indiferencia, porque nunca hablaba con él, porque sentía que no era su padre sino un hombre que lo sacaba a pasear fin de semana por medio. Se fue a la cocina, simplemente para no escuchar lo que decía su madre. No dio resultado por completo, de todas formas escuchaba el griterío. Sin embargo, luego de unos minutos apareció su madre en la cocina, diciendo algo así como que Gerardo no entendía nada y que era un pésimo padre, que no sabía qué le pasaba, que él no era así y muchas otras cosas que Diego no se molestó en escuchar. Simplemente salió de la cocina y se fue a ver televisión hasta que se quedó dormido, como de costumbre.