Casandra reprimió un gritito de susto. Definitivamente no se esperaba que justo en ese momento tocaran la puerta. Diego, por su parte, sí lo hacía. Cuando su madre se dispuso a ir a abrir la puerta, Diego la detuvo tomándola por el brazo. Suavemente le tocó el codo, indicándole que se quedara allí. Caminó rápidamente a la puerta, extrañado, enfurecido y ansioso. Abrió la puerta de un tirón y se encontró a su padre, vestido con una camisa blanca con rayas de un tono gris muy claro, pantalones de tela y una chaqueta, tan formal como siempre. Dada su altura, Diego no pudo verle el rostro inmediatamente. Cuando levantó la vista para mirarlo a los ojos, vio un par de ojos hinchados y enrojecidos, como si Gerardo hubiera estado llorando por horas. Su padre lo miraba a los ojos, con un rostro que expresaba pena y orgullo, todo a la vez. Diego comprendió enseguida. Caminó hacia la habitación, tomó ambas partes de la carta y las guardó en su sobre. Puso todo en un bolsillo pequeño de su mochila, en la cual también metió ropa para dos días y la agenda que su madre le había regalado. Ella lo observaba, agitada y sorprendida, desde la sala, punto medio entre la habitación y la puerta. Cuando el chico se cruzó con su madre, rumbo a la puerta, le dijo con una voz que no expresaba más que las palabras que pronunciaba “Volveré en un par de días”. La dejó allí, perpleja, y se marchó. Traspasó el umbral de la puerta sin mirar a su padre y comenzó a bajar por la escalera, que describía un zigzag. Escuchó a su padre bajar la escalera tras de sí. Cuando llegó abajo, se dio cuenta de que no había automóvil. Miró hacia atrás, esperando a que su padre pasara junto a él para seguirlo. Seguramente lo había estacionado en alguna calle perpendicular a avenida Grecia. Efectivamente, su padre pasó junto a él y siguió caminando. Diego lo siguió. Lo condujo caminando por los distintos pasajes cercanos a la casa de Diego. Por cada esquina por la que pasaban, doblaban. Por un momento Diego pensó que su padre no sabía qué hacía, pero caminaba con tanta seguridad que prefirió no decir nada y seguirlo.
Luego de doblar varias veces y caminar por varios pasajes, se encontraron ante una casa que parecía estar abandonada. Tenía un solo piso, se encontraba rayada por todas partes, con sus ventanas todas rotas y la puerta principal estaba tapada por tres tablas puestas en forma horizontal. Gerardo miró a ambos lados del pasaje antes de colarse al patio de la casa a través del hueco dejado por unos barrotes doblados. Diego, sin entender nada, se quedó parado mirando a su padre. Al darse cuenta de que no lo seguía, Gerardo volteó. Miró por un segundo a Diego y luego siguió caminando. Diego lo siguió. No sabía qué estaba pasando, pero creía que podía confiar en su padre después de haber visto aquellos ojos. Atravesó la reja y acompañó a su padre a la parte de atrás de la casa, caminando por el pequeñísimo jardín, en el que no había nada más que tierra. Una vez estuvieron en la parte de atrás del jardín, lugar en el que no podían recibir la vista de nadie, su padre se detuvo y le ofreció el brazo a Diego.
-Sujétate fuerte –dijo Gerardo, hablando por primera vez en mucho tiempo a Diego, enseñando una voz temblorosa que nunca le había oído.
Aún sin entender, Diego se sujetó del brazo de su padre. Apenas lo hubo hecho, Gerardo giró sobre sí mismo y, de pronto, todo oscureció. Diego quedó suspendido en una oscuridad fría e impenetrable. Sentía todavía el brazo de su padre entre sus manos, y la respiración se le cortó inmediatamente, al tiempo que sentía por todos lados una gran presión, como si estuviera sumergido muy abajo en una piscina. De un segundo a otro, volvió la luz y el aire. Estaba de pie en la sala de estar del departamento de su padre. El televisor, el sillón, la alfombra… definitivamente estaban allí, pero Diego no se explicaba cómo. Habían estado hace un segundo o menos en aquella casa y ahora, simplemente, estaban en casa de su padre.
-Pero, ¿qué…? –comenzó a decir Diego.
-Nos aparecimos –le contestó su padre sin dejarle terminar. Y, al ver el rostro de su hijo, agregó: -. Es magia avanzada. Lo aprenderás a su debido tiempo.
A pesar de que estuvieran hablando, su padre conservaba aún el aire que había tenido desde que lo vio parado en el umbral de la puerta de su hogar. Se veía muy decaído, como si no tuviera ánimos de nada, pero a la vez se veía algo feliz. Era una mezcla extraña, sobre todo para Diego, quien lo veía, preocupado. Con el enojo que tenía y todo, no podía dejar de compadecerse por la imagen de su padre, quien parecía sufrir mucho.
-Felicidades por lo del colegio… apenas me enteré fui a buscarte –dijo Gerardo, luego de unos minutos en que ambos estuvieron quietos. Su voz seguía siendo débil, frágil -. Supongo que tu madre te tomó por loco –miró a Diego a los ojos. El chico asintió -. Ahora sabes lo frustrante que es.
Así era… el solo hecho de que su padre hubiera dicho esa oración le cayó a Diego como una bofetada. Por un segundo creyó entender a su padre, entender sus mentiras, entender que no los hubiera ayudado con su magia, que no le hubiera comunicado a Diego que era un mago… pero no. El enojo lo invadió nuevamente. De ser el caso, Diego no hubiera hecho lo mismo. Hubiera dicho desde el principio la verdad y hubiera seguido con su vida, con o sin la credibilidad. Miró nuevamente a su padre, inexpresivo, como diciéndole que siguiera hablando. No sabía exactamente porqué se había ido con él, porqué había tomado sus cosas y porqué tenía la intención de quedarse en casa de su padre dos días, pero simplemente lo haría…sentía que debía hacerlo.
-Supongo que tienes muchísimas preguntas… -le dijo Gerardo, rompiendo nuevamente el silencio -. Tu madre me contó que no has salido desde que te levantó el castigo. Debes haber estado pensando mucho.
-Si –respondió Diego, lacónico -. ¿Cómo es ese colegio, Lafken?
-Uno muy bueno… no el mejor, pero sí es bastante bueno. Tienes suerte. Yo asistí a un colegio que estaba en el norte, en donde no había tantos recursos como en Lafken –le contó su padre -. ¿Recuerdas a Umma? Ella imparte clases allí.
-¿Cómo compraré los materiales? –preguntó Diego, luego de oír lo que dijo su padre. No le interesaba mucho conversar… solo quería salir de sus dudas.
-Puedes hacerlo en el centro. Hay algo parecido a un centro comercial en donde venden artículos mágicos. Te acompañaré a comprarlos –contestó Gerardo, con un dejo de esperanza en la voz.
-No. Iré solo. Dime cómo llegar y lo haré –le dijo Diego, cortante y frío.
Su padre le explicó enseguida, con la voz mucho más quebrada de lo que había estado hasta ese momento. Seguramente Gerardo esperaba que Diego lo perdonara si es que lo apoyaba (que, de todas formas, lo hacía de forma sincera), pero el chico se negaba rotundamente hacerlo. Su padre no sabía lo que él había vivido en sus días de incertidumbre, ni mucho menos se imaginaba lo difícil que era la vida para su madre, quien trabajaba todo el día para recibir una miseria de sueldo. Diego decidió ir a comprar todos sus útiles al día siguiente al lugar que su padre le había dicho que los magos llamaban El Caracol Valdés. Inmediatamente después de que su padre le explicara cómo llegar al caracol, Diego se encerró en la pieza de visitas. Contó el poco dinero que traía consigo. No creía que pudiera comprar todos los útiles con los tres mil novecientos pesos que traía consigo… de hecho, esperaba que con suerte pudiera comprar el pergamino y las plumas, a pesar de no conocer su precio.
Despertó temprano a la mañana siguiente. Eran cerca de las nueve cuando Diego ya estuvo vestido, listo para salir. Llevaba la carta en un bolsillo del pantalón y el dinero en otro. Salió del cuarto, dispuesto a salir del departamento inmediatamente, pero su padre lo estaba esperando en la sala de estar. Estaba sentado en el sillón, leyendo un libro. Seguía con los ojos enrojecidos, probablemente había llorado durante la noche. Cuando vio a su hijo, Gerardo se puso de pie y se acercó a él. Se metió la mano al bolsillo y sacó varias monedas doradas y plateadas. Se las ofreció a Diego, quien las tomó al instante, inspeccionándolas con la mirada.
-En el mundo mágico se usa otro tipo de dinero, distinto al de los muggles –le explicó Gerardo. Parecía que la voz se le quedaría para siempre temblorosa -. Las monedas doradas son galleones y las plateadas son sickles. Faltan knuts, las monedas con menor valor. Veintinueve knuts son un sickle, y diecisiete de estos son un galleon. Es una medida internacional. En todo el mundo mágico se usan las mismas monedas.
Diego guardó las monedas en un bolsillo, sin siquiera contarlas. Dijo gracias en voz baja y salió del departamento. Salió del edificio y caminó hacia la estación Salvador, en donde se subió al metro. Luego de estar un par de minutos sentado en el primer vagón, bajó en la estación que su padre le había indicado: Santa Lucía. Salió de la estación y apareció en la acera en la que estaba la Biblioteca Nacional, un gran edificio muy antiguo el cual era frecuentado por muchas personas. Sin perder el tiempo, Diego comenzó a caminar hacia la calle en la que su padre le había dicho que debía doblar. Se abrió paso entre la gente y caminó hasta allí, en donde buscó con la vista el antiguo edificio que su padre le había mencionado. Estaba en la mitad de la cuadra, viejo e imponente. Gente entraba y salía de él, pues –como le había dicho Gerardo – era un edificio común y corriente. Entró en él, saludó al portero y fue hasta el ascensor. Esperó a que todos quienes lo esperaban subieran y se quedó afuera. Su padre le había dicho claramente que subiera solo, pues era un riesgo que los muggles supieran de la existencia del Caracol Valdés. Una vez hubo llegado el ascensor por segunda vez y toda la gente que venía en él se hubo bajado, Diego subió. Cinco, uno, tres, tres, tres. Apretó los botones tal y como le habían indicado, y las puertas se cerraron apenas lo hubo hecho. En lugar de subir, el ascensor bajó lentamente. Diego se quedó escuchando el sonido que emitía el ascensor al descender, esperando ansioso por ver el lugar. De pronto, el ascensor se detuvo, pero las puertas no se abrieron, sino que comenzó a moverse horizontalmente, hacia atrás de Diego. Nunca había estado en un ascensor que se moviera de ese modo.
-Seguramente es magia –pensó Diego, fascinado.
Luego de moverse varios segundos de forma horizontal, el ascensor comenzó a moverse hacia arriba, cosa que tomó por sorpresa a Diego. Pasaron un par de segundos más y el ascensor se detuvo, abriendo sus puertas. El chico se encontró en el interior de un edificio con forma de espiral, en el que en medio había un agujero. Las tiendas, ubicadas en los contornos del espiral, exhibían en sus vitrinas productos que Diego jamás había visto ni imaginado en su vida. El suelo y las barandas eran de una piedra azul que daba al lugar un aspecto submarino, resaltado por el dejo a humedad que había en el aire. Probablemente estuvieran varios metros bajo tierra. Salió del ascensor para dejar subir a un grupo de magos y brujas vestidos con túnicas y sombreros de punta, a quienes Diego se quedó mirando fascinado. Comenzó a ascender por el espiral, mirando todo lo que en las vitrinas se exhibía: calderos, pergaminos, plumas de todos los colores, lechuzas, libros con portadas que mostraban imágenes que se movían, frascos con líquidos extraños y burbujeantes. No había demasiada gente en el lugar, por lo que caminar por el único pasillo no resultaba difícil.
Saliendo de su ensimismamiento, Diego sacó la lista de materiales que había ido a comprar y la leyó rápidamente. Volvió sobre sus pasos para ir a la tienda en la que se exhibían calderos. El letrero que había sobre la puerta mostraba el nombre de la tienda: Todo para pociones. Entró, haciendo sonar la campanilla que había sobre la puerta. Desde el mostrador lo saludó una mujer joven de pelo castaño. La tienda tenía un olor extraño, entre metal, hierbas y huevo. Definitivamente la bonita mujer que había en el mostrador contrastaba con el ambiente de la tienda, que era algo oscura pues sus paredes (y en parte la vitrina) estaban cubiertas de estanterías llenas de frascos y calderos.
-¿En qué puedo ayudarte? –le preguntó, acercándose a él. Diego notó que la mujer tenía los ojos de distinto color. Uno era de color café y el otro era de un tono mucho más claro y amarillento.
-Eh… estoy buscando un caldero para pociones… de tamaño… pequeño –dijo Diego, mirando la lista una vez más.
La bruja se acercó a una de las tantas estanterías que había en la tienda y sacó de ella un caldero de color negro del doble del tamaño de una pelota de fútbol y lo puso sobre el mostrador.
-¿Algo más?
-Si… necesito una balanza y un set básico de ingredientes.
-Oh, claro, claro. ¿Entrarás al primer año? –le preguntó amablemente la mujer, dejando ver una sonrisa.
-Sí, así es –contestó tímidamente.
La tendera revolvió otras dos estanterías, de las cuales sacó una balanza de metal y una caja de madera con un par de signos grabados en ella. Puso ambas cosas dentro del caldero y le indicó a Diego que debía pagar en total un galleon y quince sickles. El chico pagó, agradeció a la mujer y salió de la tienda. Acababa de realizar su primera compra en el mundo mágico y sentía una sensación muy extraña, como si apenas se hubiera cambiado de casa y su nuevo hogar le estuviera dando la bienvenida. Abrazando el caldero, por su gran tamaño, Diego caminó hacia la parte superior del caracol, en donde vio una librería muy grande que ocupaba el espacio de varias tiendas. Se cruzó con mucha gente, incluso con chicos y chicas de su edad, que iban de tienda en tienda acompañados por sus padres. Suponía que ellos también asistirían al colegio y probablemente alguno sería su compañero o compañera. Le emocionaba el hecho de ir al colegio… aunque todavía no hubiera convencido a su madre. De hecho, ni siquiera se había acercado a ello.
La librería era realmente enorme, y Diego, luego de comprar los libros de texto que necesitaba para el colegio, se quedó entretenido mucho tiempo leyendo algunos libros de pociones y hechizos, así como de historias de brujas y magos que se habían enfrentado con temibles bestias que se ocultaban de los humanos. Finalmente se fue, pensando en que quizá encontrara cosas iguales o más interesantes en el resto de las tiendas. Acomodó los libros que había comprado en el interior del caldero y siguió caminando. A juzgar por lo que le había costado acomodar los libros, con suerte le cabrían los pergaminos, plumas y tinta en su interior. Como la librería quedaba en lo más alto del caracol, Diego comenzó a caminar hacia abajo, describiendo el espiral que era el camino, mirando a ambos lados en busca de alguna tienda que le pareciera interesante o que le sirviera para comprar el resto de los útiles que le faltaban. De ese modo llegó a El escriba, una tienda en la que vendían pergamino, plumas y tinta, de tantos tipos que Diego se quedó mucho tiempo mirando las plumas de varios colores y con distintas funciones. Era definitivamente una de las tiendas más coloridas a las que había entrado en su vida, debido a la variedad de colores de las plumas y tintas, algunas de las cuales cambiaban de color dentro de sus frascos cada cierto tiempo. Paseando por la tienda, fue leyendo las distintas descripciones de las plumas, algunas pertenecientes a animales de los que nunca había oído hablar. Estaba entretenido leyendo la descripción de la Pluma a Vuelapluma cuando oyó una voz a sus espaldas.
-No te recomiendo que uses eso –dijo una chica a quien Diego no vio hasta que volteó. Se trataba de una chica, a juzgar por su apariencia, mayor que Diego, de cabello rubio y ondulado y ojos pardos. Era un poco más alta que el chico, tenía la nariz un poco respingada e iba vestida con una túnica color verde brillante. A Diego le pareció que era muy bonita -. Las plumas a vuelapluma no suelen escribir lo que realmente quieres decir. Generalmente tienen malos resultados.
Diego se la quedó mirando sin saber qué decir. Le había tomado por sorpresa que alguien se acercara a hablarle.
-Me llamo Tanya Garedio –se presentó la chica, hablando de manera muy correcta y con un tono algo petulante -. Asisto a Lafken y estoy en tercer año.
-Yo también iré a Lafken –contestó Diego, emocionado -. Me llamo Diego, mucho gusto.
-Qué bueno que vayas a asistir a Lafken… es un lugar muy bonito y la educación es bastante buena –le dijo la chica, sonriente. Pronunciaba tal y como se debía todas las palabras que decía, algo que rara vez se veía en un país como Chile.
-Eso espero –dijo Diego, sin saber qué decir.
-Te gustará, enserio. Además, es un colegio al cual asiste la gente correcta…
No terminó de hablar cuando una mujer muy parecida a Tanya la llamó desde la puerta de la tienda. Iba vestida con una túnica de color dorado medio opaca y un sobrero de punta de un tono similar.
-Nos vemos en el colegio –dijo Tanya, sonriente, mientras se despedía con la mano.
Extrañado por lo que había comenzado a decir Tanya, siguió mirando las plumas, entre las cuales había de todos los tamaños, colores y formas imaginables. ¿Qué habría querido decir con que asistía la gente correcta? Se decidió por comprar una pluma muy bonita, de gran tamaño y color verde y azul eléctrico. Además de eso, compró varios frascos de tinta negra y rollos de pergamino. Metió todo en el caldero, al cual ya no le cabía nada más dentro. Salió de la tienda y vio en frente suyo, un poco más abajo, la tienda de ropa y accesorios Anthony Ramos. Emprendió el camino hacia allá con el caldero, que comenzaba a pesarle, en brazos. Apenas entró en la tienda, una especie de calidez lo envolvió. El lugar era realmente todo lo contrario al exterior. Las paredes estaban pintadas de color amarillo pastel con adornos negros y el lugar, que tenía una temperatura más cálida que el exterior, estaba imbuido de una fragancia a lavanda que dejó embriagado a Diego apenas entró en el lugar. Muchos hombres y mujeres tomaban las medidas de varias personas que, frente a un espejo, se probaban prendas, las cuales los funcionarios del local arreglaban según pedían los clientes. No era tan espaciosa como la librería, pero se veía mas amplia que Todo para pociones y que El escriba. Hizo sonar una campanilla cuando entró, por lo que varios de los clientes que se probaban prendas voltearon a verlo. Un hombre delgado, que vestía una camisa de seda de color morado y unos vaqueros, se acercó a Diego. Tenía el pelo muy corto, de color negro, al igual que sus ojos y su piel.
-¿Qué buscas? –le preguntó amablemente.
-Necesito guantes protectores para mis clases de Botánica, una túnica y una capa –le contó Diego, consultando la lista de materiales.
-Perfecto. Guantes protectores tenemos desde de piel de ghoul hasta de piel de dragón. ¿Quieres algunos en especial?
-Algunos que no sean muy caros, pero que no se vayan a estropear enseguida, supongo.
-Entonces te gustarán los de fibra de Grualda. Nos los traen de Brasil y son bastante utilizados, justamente por la descripción que acabas de darme.
Luego de llevarle los guantes a Diego, el tendero le tomó las medidas con una huincha metálica que flotaba mágicamente por los aires. A continuación le hizo probarse varias túnicas que iba ajustando según lo que Diego le decía y lo que él mismo sugería. Finalmente, Diego salió de la tienda con sus guantes nuevos, una túnica de color rojo oscuro y una capa negra con broches metálicos muy bonita. Consultó la lista de materiales una vez más y verificó que lo único que le quedaba por comprar era la varita, el objeto que con más deseo quería obtener. Caminó hacia abajo por bastante tiempo, cargando el caldero dificultosa y peligrosamente con un brazo y una bolsa con sus prendas nuevas con la mano que le quedaba libre. La tienda de varitas era la última, la de más abajo y tenía un cartel que lo único que tenía era una varita mágica dibujada. Era una tienda bastante pequeña, debido a que estaba también repleta de estanterías con cajas alargadas que en su interior –suponía- llevaban varitas. La primera impresión que le dio de aquel lugar era que no se trataba de una tienda sino de un estudio. La tendera era una mujer mayor, aún no anciana, pero definitivamente había perdido toda señal de juventud que no fuera la mirada que le dirigió al chico cuando éste entró a la tienda. Cuando entró, Diego tuvo que interrumpirla, pues la mujer se encontraba enfrascada en una lectura.
-Oh, buenos días –lo saludó la mujer, que iba vestida con un delantal de color café que llevaba sobre una túnica negra -. ¿Cómo te llamas?
-Diego… -contestó Diego, extrañado por la pregunta que acaba de hacerle la señora. Era la primera persona que al entrar a su tienda le preguntaba su nombre -. Necesito una varita mágica.
-Claro, claro… mi nombre es Loretta, por cierto –le dijo la tendera -. Acércate un poco más, por favor.
Diego dejó el caldero y la bolsa en la que llevaba su ropa nueva en el piso y se acercó a Loretta, quien sacaba del bolsillo de su delantal una cinta métrica y una lupa. Una vez Diego estuvo cerca, la mujer comenzó a medirlo de pies a cabeza, los brazos, los dedos, la cabeza y tomarle otras distancias, deteniéndose cada cierto tiempo a examinar determinadas partes del cuerpo de Diego con la lupa, como sus nudillos o sus uñas. Después de un rato en que se quedó mirando a Diego directo a los ojos, la mujer sacó varias cajas de las distintas estanterías que había en la tienda y las puso sobre una mesa que había pegada a una de las paredes. Eran seis cajas en total, las cuales Loretta abrió, dejando ver seis varitas de distintos tamaños, tonos y grosores. Luego, se dio vuelta para mirar a Diego.
-Por favor, acércate a la mesa –le dijo serenamente -. Quiero que me digas cuál de estas varitas es la tuya.
-¿Cómo? –preguntó Diego, sorprendido. ¿Cómo iba a saber él cuál era su varita?
-Que me digas cuál de éstas varitas es la tuya –repitió, conservando la calma -. Verás… no cualquier mago puede usar cualquier varita. La conexión que debe existir entre el mago y la varita debe ser una conexión especial, casi como una relación de amistad. La varita es mucho más que un objeto con el cual los magos hacemos magia, ¿sabes? Ahora, chico… quiero que te concentres y que me digas cuál de esas varitas es la que te corresponde, la que te elige a ti y tú eliges.
Diego se puso un poco nervioso. No sabía qué tenía que hacer exactamente, pero intentó seguir las instrucciones de Loretta. Recorrió todas las varitas con la mirada, intentando sentir algo especial por alguna de ellas. Señaló una, más que nada al azar. Era la más ancha de todas, una de tono muy oscuro.
-Adelante, pruébala –le dijo Loretta, ofreciéndole la varita -. Solo agítala.
El chico tomó la varita de la mano de la tendera y, sintiéndose un poco torpe, agitó la varita. Nada pasó.
-Parece que esa no era –dijo la señora amablemente, tomando la varita de la mano de Diego y poniéndola en su caja correspondiente, la cual cerró -. Ahora sí, siente cuál es esa varita que fue creada sólo para ti.
Volvió a concentrarse, recorriendo con la mirada las cinco varitas restantes. Ninguna le parecía que fuera especial… eran solo varitas de madera, perfectamente normales al ojo. Aunque… había una. La varita más larga del grupo le daba una sensación extraña, como si se tratara de una persona a la cual conocía desde hace mucho tiempo, como una hermana o algo parecido. Sin que Loretta le dijera, Diego se acercó a la mesa y tomó la varita. La miró unos instantes, sintiendo su textura con los dedos. Luego simplemente la agitó y de ella salieron varias aves pequeñas de color celeste que revolotearon un momento por la tienda, antes de desaparecer en el aire. Diego, maravillado, miró a la tendera, quien sonreía abiertamente.
-Muy bien, chico –lo felicitó -. Canelo, treinta y cinco centímetros, pistilo de Hiodalga, una planta muy poderosa. Esa es la varita que te estás llevando. Cuídala muy bien, pues ella te eligió a ti y tú a ella… podrían hacer grandes cosas juntos, si es que aprendes a conocerla.
Pagó por su varita, quedándose solo con un par de sickles y un knut. Salió de la tienda algo atontado producto de la extraña sensación que acababa de vivir, además de las palabras que la tendera le había dicho. Luego de haber completado la lista de materiales, Diego se dedicó a pasear por el caracol, visitando distintas tiendas mientras cargaba el caldero lleno de cosas y la bolsa de prendas. La varita se la había echado a un bolsillo, siguiendo las precauciones que Loretta le había dicho que tomara. Luego de estar muchísimo tiempo allí, volvió a casa de su padre, quien lo esperaba ansioso. Le dio el dinero que le había sobrado y se encerró en la habitación de visitas enseguida, dejando a su padre con un rostro de decepción en la sala de estar. Ya ni siquiera sentía enojo hacia su padre, producto de las palabras que le había dicho éste el día anterior y porque estaba demasiado emocionado por ver las cosas que acababa de adquirir. Así, estuvo hasta muy tarde ojeando los libros que se compró, viendo las sustancias que habían en los frascos de su set para pociones y, por supuesto, examinando su varita, la cual seguía provocándole una sensación de familiaridad impresionante. La hizo pasar por sus dedos, por su palma. La tomó varias veces con decisión, apuntando distintas cosas de la habitación. No logró hacer nada de magia, pero se sentía extrañamente cómodo cuando blandía aquello que en un principio le había parecido un simple cilindro de madera.
A muy altas horas de la noche Diego cayó dormido, rendido por el sueño. Quedó simplemente tirado en la cama, rodeado de las cosas que había estado viendo con gran entusiasmo. Su padre, luego de corroborar que se había dormido, ordenó el desorden de Diego, lo tapó con una manta y lo besó en la frente, cosa de la cual Diego jamás se enteraría.

7 comments
Comments feed for this article
Marzo 9, 2008 a 1:05 am
Helga Hufflepuff (M.A.S.)
Me encanta tu historia!!! Sólo una cosa ¿Por qué Diego es tan malo con su padre? ¿No lo va a perdonar nunca? Espero el siguiente capítulo por fa!!!
Marzo 9, 2008 a 5:28 pm
Valentín
Siento mucho la demora que ha tenido, pero como he entrado a clases me he demorado bastante. Ahora mismo estoy trabajando en el quinto capítulo, para poder subirlo hoy mismo. También espero mañana poder subir el sexto.
Pido mis más sinceras disculpas a todos los lectores.
Saludos
Abril 5, 2008 a 3:17 am
ARCTURUS
Yo creo que si bien es poco malo que diego se comporte asi cin su padre, tiene todo el derecho de hacerlo. Incluso despues se puede pegar un tom riddle y volver a matarlo.
Julio 31, 2008 a 12:48 pm
ana lovegood
si en verdad diego esta conortandose muy mal con su padre, un poquito mas y sera el nuevo voldy
Mayo 26, 2009 a 11:11 pm
angie rojas
hola maricas hagan algo bien y no estupideses
Mayo 26, 2009 a 11:12 pm
angie rojas
por que no aparecen partes y nombres y metancen un dedo por el culo
Mayo 26, 2009 a 11:14 pm
angie rojas
cula es diego pero tambien me gusta su historia