Antes que nada, chicos, quisiera disculparme por la demora con que escribí este capítulo. A pesar de todo, le he puesto mucho cariño y esfuerzo, al igual que al resto de ellos. Espero que les guste y que lo comenten.
Además de ello, quería avisar que, por motivos de tiempo (ya se habrán dado cuenta), publicaré un capítulo a la semana, a diferencia de los dos que había anunciado anteriormente. Espero que comprendan esta decisión que he tomado, aunque, si en alguna semana alcanzo a escribir dos, por supuesto que los subiré ambos. Ahora, les dejo el capítulo.
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Al final de la carta, firmaba Bruno Visic, director del colegio. Claro, era allí en donde había leído ese nombre antes. El actual profesor de Raíces mágicas de América era el anterior director. Era muy extraño, creía que nunca antes había visto algo como eso, que cambiaran al director de un colegio cuando quizá ya estaba todo el año planificado. Simplemente lo olvidó, guardó la carta en su maleta y se fue al exterior, a pasear por los terrenos.
Marzo pasó y Diego sentía cómo iba sumergiéndose más y más en el mundo mágico. Había aprendido mucho durante ese mes, muchas cosas que hace tres meses no sabía siquiera que existían y ni siquiera su imaginación le permitía pensarlo. Había logrado dominar un par de conjuros más, entre ellos el del destello. Su amistad con Sandro había crecido muchísimo. Se reunían siempre que podían a comentar sus clases, a compartir conocimientos, practicar hechizos e incluso a ayudarse con los deberes que les enviaban, que eran muchos más de los que cualquier estudiante de primer año hubiera podido esperar. Los más tediosos eran los de Historia de la magia y Raíces mágicas de América, que se fundamentaban en “crear en el estudiante el espíritu investigativo del historiador”, palabras dichas por ambos profesores como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. A pesar de todo, era fascinante la historia de la magia, sobre todo en América, el entorno del chico. Descubrir que tantas leyendas eran hechos reales de magos que intervenían espacios muggles y luego se ocultaban, o que tantas culturas precolombinas habían tenido un uso práctico de la magia era algo que a Diego le hacía sentirse como un tonto, como alguien que había tenido la magia frente a sus narices todo el tiempo y no había podido darse cuenta. Era más fácil, siendo muggle, creer que todo ello era mentira. En ese sentido era mucho más fácil para los magos, que buscaban ocultar su magia de la gente no mágica a toda costa. Los deberes de las clases de Preparación de pociones resultaron ser muy divertidos para todos los estudiantes, dado que no eran en su mayoría de investigación sino de práctica: averiguar empíricamente los efectos de distintas hierbas hervidas, etc. Por supuesto que en ningún caso eran hierbas dañinas parar el cuerpo ni mucho menos.
Así llegó Abril, con temperaturas que extrañamente no descendieron mucho respecto a las del verano, pero aún así había una suerte de mentalización de que estaba más fresco, una forma muy práctica de huir del calor sin huir de él realmente. Los comentarios de Rebeca en las clases de Culturas del Mundo Mágico y Estudio de Animales mágicos habían continuado, sumados a los de otros amigos que parecía haberse hecho, comentarios que irritaban a gran parte de los estudiantes que asistían a clases junto a ellos. Por suerte, entre esos estudiantes también había jóvenes que venían de familias mágicas antiguas, por lo que en varias ocasiones contestaron a los discriminatorios comentarios de Rebeca y sus amigos, formándose densas discusiones. Sandro no había tenido que soportar más comentarios, sino únicamente susurros y a gente que lo apuntaba con el dedo. A pesar de que durante las primeras semanas de clase lo deprimió mucho el hecho de ser algo así como un bicho raro, finalmente lo superó. Aún no habían entendido del todo a lo que se había referido la chica hasta que Juan un día se enteró de ello y les explicó.
-Se refiere a que eres hijo de muggles –dijo el cubano, con ese tono característico al que Diego ya se había acostumbrado -. Entre los magos existe mucha discriminación con el tema de los hijos de muggles, o aquellos que tiene la “sangre mezclada” y todo eso. Ya ven, chicos, el mundo mágico no es tan distinto del mundo no mágico.
Ambos, Diego y Sandro, se quedaron congelados, con el tenedor a medio camino de la boca, mirando fijamente a Juan, que les devolvía la mirada con una sonrisa. En un principio, Diego no pudo dar crédito a lo que había dicho Juan. Le parecía demasiado ridículo discriminar a alguien por su origen, pero pasados algunos segundos cayó en la cuenta de que eso pasaba en el mundo muggle. De ser así, ¿cómo no iría a pasar en el mundo mágico? Si en el mundo muggle discriminaban por la cantidad de dinero que se tenía, ¿por qué no irían a discriminar en el mundo mágico por la familia de la que uno vendría, por la cantidad de sangre mágica, en definitiva? Ya había oído a Rebeca hablar de los seres mágicos no humanos como bestias, no sería extraño que tratara a la gente no mágica de forma similar y, por supuesto, a los magos que tenían raíces no mágicas. Luego de pensarlo un momento, lo que había dicho Juan le pareció mucho más real y cercano de lo que pensaba. Continuó comiendo, saliendo de la cómica posición en la que había quedado.
El resto del día, Sandro actuó de manera muy extraña. Parecía estar incómodo, cosa que Diego observó en el resto de los descansos y durante la tarde. Volvió a tener el aire deprimido que había adquirido el día en que Rebeca le dijo esas feas palabras que ahora ambos entendían. Diego pensó que se debía justamente a eso, a que ahora entendía a lo que se refería Rebeca y por qué todos lo apuntaban y susurraban cosas. Más que preocupación, al chico lo había invadido nuevamente la ira. Comenzaba a odiar realmente a Rebeca, que parecía empeñarse en arruinar la vida del resto. Fue durante la tarde, cuando estuvieron solos Sandro y Diego en la orilla del río, cuando el chico quiso sacar el tema.
-¿Qué te ha pasado todo el día? Has actuado muy extrañamente… -dijo con cierta cautela, para no hacer evidente que en realidad si sabía lo que le pasaba a su amigo.
-Nada –contestó Sandro, mirando las aguas. Por supuesto que Diego sabía que sí le pasaba algo, pues lo había visto todo el día. Ni siquiera la forma en que dijo ese “nada” había resultado convincente, dado que seguía con aire deprimido.
-No creas que no me he dado cuenta de que estás extraño –repuso Diego, con más decisión. Miraba a su amigo, a pesar de que éste no le devolvía la mirada.
Pasaron un par de segundos de silencio en los que Diego pensó que Sandro se debatía respecto a si decirle o no qué era lo que le pasaba.
-Fue duro entender a lo que se refería Rebeca –dijo por fin. Miraba fijamente el agua del río, que fluía con tranquilidad. Un par de peces muy pequeños se veía que pasaban por las partes menos profundas -. De haberme enterado antes que iba a sufrir discriminación por ser hijo de gente no mágica, no hubiera asistido nunca a este colegio.
-¿De qué hablas? –le preguntó el moreno chico, preocupado. No comprendía mucho lo que había dicho Sandro. A pesar de que a él también le había afectado entender a lo que se refería Rebeca, jamás hubiera pensado en abandonar Lafken por ello.
-Hablo de… de abandonar el colegio –le contestó el rubio, diciendo justo lo que Diego quería que no dijera. Se veía abatido, mucho más de lo que lo había visto su amigo durante el resto del día. Era como si haber dicho esas palabras lo hubiera desgastado mucho, al igual que la idea misma, que parecía haber estado amasando durante todo el día -. No sé si sea capaz de soportar más dedos que me apuntan y susurros a mis espaldas, no desde que sé lo que significan.
-Pero Sandro… -comenzó a decir Diego, sin saber realmente qué era lo que iba a decirle. Quería que se quedara, pero no sabía decirle razones para ello. Se hacía una idea de lo que podía sentir su amigo, pero era conciente de que no sabía por lo que realmente pasaba. No era a él a quien apuntaban ni quien oía susurros tras él en cada clase – el año está comenzando recién… ya se olvidarán de ello.
-No se olvidarán de ello, Diego –le contestó, algo irritado.
-Claro que sí, no estarán todo el año molestándote… -le dijo, de manera algo insegura. Sandro lo miró, con el entrecejo fruncido y una expresión que mostraba cierto enojo. Diego sostuvo su mirada, algo asustado.
Luego de ello no se habló más del tema. Continuaron sentados uno junto al otro, sin hablar demasiado. La perspectiva de que su amigo se iría hizo que Diego se entristeciera también. No supo hasta qué hora exactamente se quedaron sentados a la orilla del río, mirando las aguas que pasaban con fuerza pero con tranquilidad. Imaginarse en Lafken sin Sandro para el chico representaba sentirse solo. Su amigo era la única persona con la que podía compartir su total asombro con cada cosa nueva del mundo mágico que descubría. A pesar de que se llevaba también muy bien con Juan, no era lo mismo. Juan había sido mago toda su vida y no entendía la sorpresa constante de Sandro y Diego. Además de ello, había forjado una amistad muy sólida con Sandro, llegando incluso a contarle parte de lo que sentía con respecto a su padre, cosa que jamás había confiado a nadie. La empatía que tenían ambos chicos era algo que jamás le había pasado al chico, por eso era que apreciaba tanto a su amigo.
-Voy a la lechucería… -había dicho en un momento. Se había levantado y se había ido corriendo, dejando a Diego sentado sin poder reaccionar.
Cuando apenas hubo llegado a la sala de estar de Quiul se había dado cuenta de lo que podría haber querido decir Sandro. Lo más probable –eso pensaba Diego -era que su amigo hubiera ido a la lechucería a enviar una carta a casa, para pedir a sus padres que vinieran por él o que escribieran a la directora Xegolt para que lo dejaran marcharse en un bus o algo parecido. Le entristeció bastante la idea y le impidió realizar de manera óptima sus deberes, pues a cada momento le invadía el pensamiento de la ida de Sandro. Cuando comenzaba a oscurecer se dio por vencido. Enrolló todos los pergaminos y se fue a la habitación de su año a leer un poco, aunque terminó pensando en qué haría si es que Sandro se iba. Finalmente en su mente no hubo más que una mezcolanza de pensamientos, ideas y sueños, sumiéndose muy temprano en un sueño profundo que culminó muy temprano, por la mañana.
El sol aún no había salido cuando Diego se halló, aún vestido y con un libro abierto sobre el cuerpo, acostado sobre su cama sin deshacer. Un ambiente silencioso reinaba en la habitación, en la que sus compañeros, metidos en sus respectivas camas, dormían plácidamente. Las cortinas corridas daban un ambiente mucho más oscuro del que el cielo en el exterior, que comenzaba a clarear. No pudo dormir de nuevo por más que lo intentó. Se decidió por ir a la sala de estar a terminar los deberes que la noche anterior había comenzado. A pesar de la hora, se sentía lleno de energías, como si hubiera dormido mucho más de lo que había dormido las noches anteriores. Le era difícil dormir bien durante el año escolar, era algo que siempre le había pasado. No sabía cómo, pero siempre lograba despertar a la hora en Lafken, a pesar de que en la habitación en la que dormían los cuatro compañeros no había despertador ni nada parecido.
Luego de muchas descripciones de las distintas plantas que la semana pasada les había mostrado el profesor Aristarco Medel, cavilaciones en torno a las características comunes de esas plantas e identificación de cada una de sus partes, Diego había dado por finalizada la tarea, justo en el momento en que los primeros estudiantes comenzaban a salir de sus habitaciones. Creyó oportuno darse una ducha rápida antes de ir a desayunar.
El día transcurrió bastante tranquilamente para Diego, quien prácticamente había sacado de su mente la idea de la ida de su amigo, sin ser conciente de ello. Así llegó al aula de Hechizos cotidianos cuando sonó el timbre de las once y media, relajado y sin recordar demasiado lo ocurrido la tarde anterior, cuando Sandro se había levantado y había corrido hacia la lechucería. Por el motivo de su olvido es que se sorprendió y asustó un poco cuando se encontró en el aula con su amigo, que con una sonrisa forzada en su decaído rostro lo saludó. El chico se percató de que, detrás del rubio, Rebeca y una amiga hablaban muy cerca la una de la otra y apuntaban a Sandro. Sintió una mezcla de cólera y pena, recordando de golpe que su amigo probablemente había decidido irse. Se sentó junto a él, pero no se atrevió a preguntarle a quién había escrito el día anterior ni a mencionar nada con respecto a su partida. Este hecho le era tortuoso a Diego, quien no podía evitar generar en su mente distintas ideas relativas a lo que el rubio joven había hecho la tarde anterior, llegando a convencerse a ratos de que lo que pensaba era cierto. Le costaba cierto tiempo descartar alguna teoría formulada en su interior, pues todas parecían muy convincentes, aunque dolorosas.
La clase transcurrió lentamente, mientras los estudiantes practicaban hechizar objetos para que se desplazaran por el aire a antojo de los magos. Esto se lograba con un extraño movimiento de muñeca, que el profesor tuvo que enseñar varias veces para que los estudiantes memorizaran. Diego, por supuesto, se emparejó con Sandro, quien no abandonaba en ningún momento su aire abatido, para trabajar. Hasta ese momento el chico no se había dado cuenta de cuán recurrentes eran los susurros alrededor de Sandro, así como los dedos que lo apuntaban y alguna que otra risa. La principal autora de estas dos situaciones era Rebeca, quien seguía junto a su amiga cuchicheando más que trabajando. Le resultaba bastante difícil a Diego conjurar, más que nada por el movimiento de la muñeca, pero a Sandro le iba mucho peor. No consiguió en toda la clase hacer nada, pues su mano parecía simplemente querer caer, floja. Se notaba en sus gestos y en las expresiones faciales que ponía cada vez que fallaba que su amigo se sentía fatal. Para colmo, cada vez que Sandro fallaba (es decir, cada vez que lo intentaba) Rebeca y su amiga se reían por lo bajo y susurraban un par de cosas entre ellas, que no alcanzaban a oír ni Diego ni Sandro. Creía comprender entonces la frustración de su amigo, así como aumentaba su profundo rencor hacia la engreída chica. La situación comenzaba a volverse un círculo vicioso: cada vez que Sandro fallaba, su ánimo decaía un poco, haciendo que las dos chicas ubicadas detrás de ellos, se rieran, cosa que hacía al chico perder la concentración y fallar la siguiente vez, volviendo a repetirse el ciclo.
A pesar de todos los fracasos de Sandro, Diego no se esperaba que las cosas fueran tan mal como sucedieron luego de varios intentos, cuando una mala ejecución del conjuro por parte del rubio hizo que se le prendiera fuego a la mesa. El profesor Grenhu, algo asustado, apagó enseguida las llamas con un movimiento de su varita y miró con cierto enojo al par de chicos. Como si fuera poco, Rebeca y su amiga se partieron de la risa tras ellos, sin disimular en lo absoluto el bullicio que formaban con sus agudas risas, que a Diego le parecieron insoportables, como agudos chillidos de un par de ardillas que deseaba aplastar. El curso de las cosas no cambió hasta el final de la clase. Mientras que Diego había conseguido hacer saltar levemente una cuchara, su amigo había conseguido casi ocasionar un incendio, por lo que sus ánimos eran aún peores de lo que había visto en mucho tiempo. Otra vez lo invadió la angustia de la partida de su amigo, mucho más cuando éste le pidió hablar unos segundos apenas sonó el timbre. Se ubicaron a la salida del aula y, Sandro, con la cabeza baja, se dispuso a hablarle.
-Verás… ¿recuerdas que ayer partí corriendo a la lechucería? –Diego asintió lentamente, sabiendo bien cuáles serían las palabras que su amigo quería dirigirles -. Bueno, subí a escribirle a mis pa…
No alcanzó a terminar lo que quería decirle a Diego, pues las chicas que habían estado toda la clase burlándose de Sandro acababan de salir del aula y se habían quedado paradas mirándolos.
-Yo no sé por qué insistes en venir a Hechizos cotidianos, si todo esto jamás será cotidiano para ti. Mejor vuelve a tu asqueroso mundo, sangre sucia –le dijo Rebeca, con tono de burla.
-¿Por qué no te callas de una vez por todas? ¡Comienza a preocuparte por tu vida y no por la de los demás, estúpida! –le gritó muy enojado Diego, para sorpresa de todos. El rostro se le había desfigurado por la rabia y tenía una expresión muy tensa. Sandro, Rebeca y su amiga, sorprendidas, lo miraban. No tardó mucho en sonreír nuevamente la chica, que le contestó enseguida al chico.
-Oh, ya veo… defendiendo al sangre sucia. Debes entender, Diego, que no todos los magos son bue…
-Entiendo perfectamente las cosas, Rebeca, gracias. Y sé perfectamente que la única bruja imbécil que hay por aquí eres tú. Si nos haces el favor, sería todo mucho más agradable si simplemente te vas –le contestó, con un tono irónicamente amable.
-¡Estás actuando como un traidor a la sangre! –le gritó Rebeca, histérica. Sin entender a lo que se refería, Diego no contestó nada. Seguía mirándola enojado, aunque su expresión cambió hacia una de sorpresa ante las palabras que había dicho la chica, quien al verla también articuló una muy parecida -. No será que…
-¡Ya lo oíste! ¡Vete! –le exclamó Sandro, quien parecía más feliz que enojado. Todos nuevamente se sorprendieron, ante las palabras del chico. Definitivamente nadie se esperaba que levantara la voz contra Rebeca, siendo que todo el último mes había actuado sumisamente frente a todos los susurros y burlas que había recibido.
-No voy a tolerar que un par de asquerosos sangre sucia me traten de esa forma. No saben con quién se están metiendo –les dijo, apuntándolos con el dedo. Parecía apunto de ponerse a chillar, como si en su interior una bestia estuviera luchando para poder gritar hacia el exterior. Dicho esto, se dio vuelta y comenzó a caminar por el pasillo, junto a su amiga.
Atónito, Diego se quedó parado mirando cómo se iban. Rebeca creía que él era un sangre sucia, seguramente por su rostro de sorpresa cuando ella habló de actuar como un “traidor de la sangre”. No le importó. Después de todo, le daba igual eso de la sangre mágica, para el chico era igual. Volteó para ver a Sandro y se dio cuenta de que éste lo miraba con una amplia sonrisa.
-Muchas gracias, Diego –le dijo, abrazándolo. Parecía que estaba bastante feliz, o al menos el apretado abrazo le indicó algo similar -. De verdad, muchas gracias.
-De… de nada –le contestó, sorprendido. No entendía del todo la razón por la cual Sandro se encontraba tan feliz. Lo había defendido y él también se hubiera sentido feliz si su amigo hubiera hecho el mismo gesto, pero el rubio se encontraba radiante, como si hubiera sucedido algo que cambiara radicalmente las cosas.
-Creo que te debo una explicación –le dijo su amigo cuando comenzaron a caminar por el pasillo cargados con sus mochilas –. Ayer me fui sin dar explicaciones a la lechucería. Supongo que ya habrás adivinado a qué fui –Diego se limitó a escuchar a Sandro conforme avanzaban por el pasillo. A pesar de no tener rumbo, ninguno de los dos dijo nada, simplemente seguían avanzando -. Escribí a mis padres. Quiero irme de aquí.
Siguieron caminando, Diego en silencio. Esperaba a que su amigo le dijera algo más, como que en ese momento había decidido no irse. La situación que acababan de vivir lo tenía muy feliz, por lo que el muchacho pensaba que quizá Sandro querría quedarse. No dijo nada y Diego se decidió a hablar finalmente, cuando subían por una escalera.
-¿Te irás? –parecía algo incoherente que le preguntara eso en ese momento, pues habían pasado minutos desde que Sandro había contado a qué había ido a la lechucería.
-Si –le contestó sin mucho ánimo su amigo. Parecía que Diego no era el único al que le afectaba esa noticia -. Este no es mi lugar, Diego, es algo que he entendido en la última noche. Creo que sencillamente nací para ser un muggle.
-¿De qué hablas? Claro que este es tu lugar –le dijo, sorprendido por lo que acababa de oír -. ¡Hemos aprendido mucho aquí y tenemos mucho por aprender!
-Pero sencillamente no es lugar para gente como yo –su tono iba decayendo. Recordar las razones por las cuales se iba parecía entristecerlo -. Ya has visto cómo me discriminan… y ahora he hecho que piensen que eres un sangre sucia, como ellos dicen. Sencillamente ya no aguanto más esto. Fue suficiente.
-No me importa que piensen que soy un sangre sucia –alegó Diego -. Además, juntos haremos resistencia a esos comentarios. ¿No viste cómo se puso Rebeca al descubrir que no estabas solo? Juntos podemos hacer frente a Rebeca y todos ellos.
-Ha sido muy bonito gesto de tu parte, pero creo que aún así me iré -le informó finalmente Sandro. Luego de ello, no hablaron por un buen rato, hasta que estuvieron en el cuarto piso, punto en el cual Diego decidió que sería mejor que se separaran. Tenía un par de tareas más por hacer y era mejor no posponerlas.
-¿Cuándo te vas? –le preguntó, cuando pararon al final de la escalera.
-No lo sé. Debo esperar la respuesta de mis padres y la conversación con la directora –le contestó el rubio, tristemente -. Debo irme ahora… nos veremos más tarde, supongo.
En ese punto se separaron, yéndose cada uno a la sala de estar de su curso. No se vieron mucho durante el fin de semana, pues Diego no logró encontrar a su amigo. Se decidió a terminar todas sus tareas. Sin Sandro, Diego no tenía mucho con quien conversar. Logró encontrarse en un par de ocasiones con Juan, con quien intercambió algunas palabras con respecto a las tareas y las clases, pero Juan parecía estar tan ocupado como Sandro. Finalmente se había resignado y se había quedado probando ingredientes en su caldero, agitando y haciendo movimientos complejos con la muñeca con el fin de lograr conjurar ciertas cosas, leyendo libros de historia y tomando apuntes en pergaminos. No estaba acostumbrado a hacer todo ese tipo de cosas, ni siquiera a leer mucho. Lafken le había enseñado en ese mes que a través de la lectura se puede aprender muchísimo. Era algo que valoraba, pero a lo que no le puso demasiada atención en esos dos días. La pena que había sentido durante la tarde que Sandro se había ido a escribir a sus padres no era comparable con la que sintió ese fin de semana. Ya casi podía palpar su partida, como si estuviera a la vuelta de la esquina. Y es que así era… no sabía cuándo, pero bastaba con que la directora escribiera al chico para que éste se fuera de regreso a Valdivia. Tampoco durmió bien esas noches, mucho menos la del Domingo. No sabría cómo sería ver a su amigo al día siguiente luego de saber que se iría. Pensó en que quizá Sandro habría estado preparando su maleta durante el fin de semana. Ese pensamiento no le ayudó en lo absoluto a levantarle el ánimo.
Finalmente, el lunes llegó. Se despertó con el sol en la cara, dándole un incómodo “buenos días”. Se desperezó y miró a su alrededor. Las camas de sus compañeros estaban vacías. Habrían madrugado, suponía. Lentamente caminó al baño, con el mal sueño pesándole en la espalda. La ducha le ayudó a despertar un poco. Cuando salió se vistió relajado, convencido de que el tiempo le sobraría. Siempre era así. Alcanzaba a desayunar y conversar un par de minutos con Sandro o algún compañero o compañera antes de asistir a la primera clase. Bajó por las escaleras, extrañado por no ver a nadie durante el trayecto al comedor. El sol ya había salido, por lo que no era normal que nadie estuviera en las escaleras o en los pasillos. Ni en el comedor había alguien. La razón, redonda y grande, se encontró frente a los ojos de Diego en cuanto entró a él: eran las nueve y treinta. Se había quedado dormido. Agitado, Diego corrió a toda velocidad por el pasillo del segundo piso, viendo al final de éste la escalera por la cual debería subir para asistir a la clase de Preparación de Pociones. No sabía qué le diría al profesor. Recordaba que en el colegio al cual asistía antes lo hacían ir a buscar un papel que indicaba el atraso a la inspectoría, una pequeña sala en donde el inspector de muy mal humor regañaba a todo aquel que infringiera las normas. No había oído que en Lafken hubiera tal cosa. Quizá castigaban de manera mucho peor a los estudiantes o quizá no los castigaban. En momentos como ese le molestaba mucho no saber nada acerca del mundo mágico.
-¡Ajá! –exclamó una voz aguda a sus espaldas.
Diego se detuvo en seco, justo cuando se disponía a salir disparado escaleras arriba. Pensó en una eventual inspectora que aún no conocía, pues no había infringido ninguna norma hasta ese momento. Quizá era una bruja que aparecía solo cuando descubría a alguien en los pasillos durante el horario de clases o algo parecido. Cuando volteó, se encontró no con una bruja adulta, sino que con una chica morena de ojos claros que iba seguida por dos chicos mayores, una chica de pelo castaño y liso y un chico corpulento que miraba a Diego desde una altura bastante considerable. Se trataba de Rebeca. Diego volvió a darse vuelta, dispuesto a comenzar a subir las escaleras. No tenía ningún segundo que perder discutiendo con esa estúpida chica.
-Él es uno –dijo nuevamente la voz de Rebeca a sus espaldas, cuando Diego comenzaba a subir las escaleras.
Antes de que pudiera recorrer siquiera tres escalones, alguien lo haló desde el cuello de la túnica, haciendo que casi cayera de espaldas. Se dio vuelta, enojado. Sin embargo, no alcanzó a pronunciar una palabra, pues, luego de ver el rostro duro del chico que acompañaba a Rebeca, un gran puño golpeó su cara, logrando ahora sí que se cayera de espaldas a la escalera. Además del contundente dolor que sentía en el ojo, los peldaños de la escalera se encargaron de hacer lo suyo con su espalda. Oyó dos risas muy estridentes, ambas femeninas.
-Ya tendrá que aprender ese sangre sucia –dijo una voz femenina que Diego no conocía. Era seguramente la chica de cabello castaño -. Dale más, Ludwig.
Abrió los ojos (el derecho más que el izquierdo, ya que ese ojo le dolía muchísimo) justo para ver cómo lo tomaba por el pecho de la túnica para levantarlo nuevamente. Ludwig le sonreía mientras lo levantaba, como si estuviera tomando un juguete. Recibió otro puñetazo inmediatamente, cayendo nuevamente a la escalera, esta vez de costado. Sintió un crack cuando recibió el segundo golpe, y un agudo dolor en la nariz. Se mareó bastante, mientras intentaba levantarse. Quería salir de allí. Las risas de los tres muchachos seguían sonando en el pasillo. ¿Cómo era que nadie acudía en su ayuda?
-A los sangre limpia no hay que levantarles la voz, asqueroso –dijo la voz de Rebeca, al tiempo que recibía otro golpe en la cara, esta vez de parte de una mano mucho más pequeña que la de Ludwig, pero que de todas formas le dolió intensamente.
Le costaba respirar y sintió el salado sabor de su sangre cuando abrió la boca para tomar aire. Estaba sangrando, seguramente de la nariz. El dolor intenso en el ojo y la nariz se sumaba al mareo y a la profunda molestia que eran las risas de los muchachos. Lo último que sintió antes de perder la conciencia fue un escupitajo en su frente y otro golpe más en la cara, que hizo que su nuca chocara fuertemente contra el borde de la escalera. Fue la humillación el último sentimiento antes de rendirse a los golpes y a las risas, a las burlas, a las palabras que le decían y que, como describiendo un espiral, se acercaban a sus oídos.

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