Despertó varias horas después, con los músculos de todo el cuerpo agarrotados, como si hubiera hecho muchísimo ejercicio. Sentía aún el dolor de los puñetazos, aunque ya no tenía tan hinchado el ojo. Cuando intentó respirar por la nariz, se dio cuenta de que le era imposible. Sencillamente no entraba aire por esa vía. Tanteó con sus manos y sintió una venda o algo parecido enrollado alrededor de su cabeza, a la altura de la nariz. Extrañamente sintió su nariz más pequeña. El dolor de la espalda se había pasado, pero al tantear allí sintió algo adicional a su cuerpo. Un parche bastante grande le cubría una parte considerable de la espalda. Se encontraba acostado sobre una cama de colchón blando, sábanas y cubrecamas blancos. Las paredes de la habitación en la que se encontraba eran de color blanco también, así como el resto de las camas. Solo cuando miró alrededor se dio cuenta de que no estaba solo allí. En la cama de al lado, alguien dormía todavía, de espaldas y con el rostro tapado por varios parches.
-¿Diego? –dijo una voz suave desde la derecha del chico. Miró hacia allá y se encontró con un hombre joven de gafas redondas y túnica gris. No lo había visto nunca antes, pero supuso que era el enfermero del colegio -. Alguien vino a visitarte.
No esperaba a nadie, ciertamente. Pensó en Sandro. Seguramente sería él, pero se equivocaba. Una vieja mujer de cabello corto y blanco y de ojos verdes lo miraba con la misma sonrisa con la que lo saludó hace ya varios meses. Era Umma. A decir verdad, se había olvidado de que su padre le había contado que ella trabajaba allí, sobre todo por el hecho de no haberla visto en ninguna ocasión en el tiempo en que llevaba en Lafken. La mujer se acercó al chico y se sentó en una silla junto a la cama.
-¿Cómo te sientes? –le preguntó, sonriéndole aún. Se veía muy relajada.
-Hinchado, débil –contestó, con una voz gangosa que le sorprendió a él pero no a Umma.
-Ya te pondrás bien. Se encargaron de darte una paliza como muggles esos chicos, por suerte. A tu amigo lo han tratado mucho peor –dijo a continuación, mucho más amable de lo que había sido al preguntarle cómo se sentía. Diego la miró con extrañeza por sus últimas palabras, a lo que la bruja contestó con un movimiento de la cabeza, como indicándole algo que estaba al costado izquierdo del chico.
Se volteó sobre sí mismo, sintiendo un dolor inmenso en el brazo en cuanto se apoyó en él. Se acostó de nuevo y decidió girar la cabeza. Volvió a ver a la persona que estaba en la cama de al lado, con la cara tan cubierta de parches que era irreconocible. Cuando se dio cuenta de lo que querían decir las palabras de Umma, volteó bruscamente la cabeza para mirarla nuevamente.
-¿Es Sandro? –le preguntó con aquella voz que seguía pareciéndole ajena a sí mismo
-Así es. Al parecer algo tenían esos chicos contra ustedes –Umma miró directo a los ojos al chico -. ¿Qué fue lo que pasó? Los chicos que acompañaban a la pequeña Rebeca eran bastante mayores.
-¿A Sandro también lo golpearon ellos? Pero, ¿cómo lo supo? –inquirió aceleradamente.
-Así es. Los vi justo en el momento en que te dejaron inconciente. Por supuesto, no me preocupé de perseguirlos, sino de ayudarte. Estabas muy mal –le dijo, sonriéndole -. Más tarde, la directora Xegolt encontró a los mismos tres arremetiendo contra Sandro. Se intentó defender, así que decidieron lanzarle una maldición. Realmente me impresiona el nivel de maldad de esos chicos.
Al oír esas palabras, la ira invadió nuevamente a Diego, produciéndole cierto dolor en todo el cuerpo. Rebeca había pasado de la categoría de chica estúpida a enemiga mortal. Odiaba con todo su ser a la chica, mucho más de lo que nunca había odiado a nadie. Sus pensamientos y, sobre todo, sus acciones, le habían hartado No podía creer que hubiera enviado a dos chicos mayores a agredirlo a él y a Sandro por haberla hecho callar. ¿Qué esperaba que hicieran? ¿Que se quedaran oyéndola? Probablemente eso quería. Sin embargo, no le daría el gusto. Por ninguna razón lo haría.
-Escribí a tus padres –dijo Umma luego de un momento de silencio -. Tu padre me ha contestado enseguida. Le informé que te pondrías bien. Dijo que avisaría a tu madre. Seguramente mañana recibirás alguna carta de ellos.
Oír acerca de su madre le levantó un poco el ánimo. A pesar de tenerla lejos, no se sentía solo, sino fuerte. Fuerte porque estaba decidido a enfrentar los hechos acontecidos. Seguramente Sandro tendría muchísimas más razones ahora para irse de Lafken, pero Diego se sentía mucho más parte de ella, extrañamente. No se iría de allí por Rebeca, de ningún modo. Ya había decidido no darle el gusto al ser sumiso, no iba a tolerar de ninguna forma que lo trataran como a alguien inferior por tener una madre muggle. Miró a Umma a los ojos.
-¿Cómo estará Sandro? –era lo que le preocupaba en ese momento, más que nada. Era evidente que a su amigo le había tocado la peor parte de la venganza de Rebeca.
-Según el enfermero, se pondrá bien. No fue una maldición muy terrible, aunque probablemente le queden algunas marcas en el rostro –le contestó Umma, mirando por sobre él al chico que se encontraba aún durmiendo (o inconciente, eso no lo sabía) en la cama de al lado.
-¿Qué pasó con Rebeca?
-Aún la directora no ha tomado ninguna resolución sobre el tema. Está esperando a que tanto tú como Sandro se pongan bien. Quiere hablar con ustedes, para conocer su versión –contestó, sin demasiado interés. A Diego le molestó esa actitud. Creía que Rebeca y sus amigos merecían algún castigo por lo que habían hecho. No podía ser que anduvieran por allí amenazando y golpeando gente a su antojo.
-Debo irme, Diego –le informó la mujer, levantándose. Se despidió y comenzó a caminar hacia la puerta. Antes de salir, detenida en el umbral, agregó unas palabras más -. No esperes que sean castigados, no quiero que te lleves una decepción.
Extrañado, se preguntó a qué se referiría. No tuvo tiempo para preguntárselo a ella misma, pues luego de haber pronunciado las palabras se fue. Estuvieron dándole vueltas esas palabras hasta que hubo salido de la enfermería, a la mañana siguiente. Estaba totalmente recuperado. Aún sentía un leve dolor en varios lugares del cuerpo, pero su nariz estaba totalmente restituida. El enfermero le había dicho que se la había curado mediante el uso de algunas hierbas que estimulaban el crecimiento de huesos y cartílagos. Por suerte no se la había roto totalmente, porque de lo contrario hubiera sido más complejo el proceso de restitución.
Tuvo tiempo para llegar a la sala de estar de Quiul y estar algo así como cinco minutos sentado en un sillón, ya que se le acercó una de sus compañeras de año, Alejandra, a decirle que la profesora Hewett quería hablar con él. Por esa razón, se levantó enseguida del sillón y bajó escalera tras escalera hasta llegar al vestíbulo de la casona, en donde se acercó a una de las puertas y la golpeó suavemente. Tras oír la indicación de parte de la dulce voz de Paula, Diego entró. La habitación a la que acababa de llegar era una oficina pequeña. Paula Hewett se encontraba sentada tras un escritorio, justo en frente de Diego, de espaldas a un gran estante lleno de libros. En las paredes, varias velas iluminaban otra puerta en la parte derecha de la habitación y un cuadro que mostraba un bonito paisaje. En cuanto la joven profesora lo vio, se levantó para saludarlo.
-Diego, ¿cómo estás? ¿Ya totalmente recuperado? –le preguntó, acercándole una silla para que se sentara -. Estaba muy preocupada.
-Ya estoy bien, gracias –le contestó tímidamente.
-Te llamé porque quería hablar contigo antes de que fueras donde la directora Xegolt. –Diego asintió -. Quiero que me cuentes exactamente qué fue lo que pasó.
No sabía por dónde empezar. La situación en sí misma no decía nada, por lo que finalmente se decidió a contarle todo, desde el principio.
-Rebeca llevaba todo el mes molestando a Sandro, por ser hijo de muggles y eso… junto a él le dijimos hace poco que ya no lo molestara. Esto fue la semana pasada apenas –comenzó a decir, sin encontrar las palabras para expresar todo lo que quería -. Dijo que no sabíamos con quién nos metíamos. Y bueno, ayer me golpearon. Iba subiendo al tercer piso, atrasado, a clases. Allí me interceptaron los tres. Rebeca le dijo al chico, Ludwig, que yo era uno de ellos o algo así. Fue entonces cuando él me tomó del cuello de la túnica y comenzó a golpearme, mientras las chicas se reían. Luego no supe más… me golpeé en la nuca y desperté en la enfermería.
La profesora no dijo nada luego de que Diego se hubo callado. Se le quedó mirando a los ojos, seria. El chico se quedó mirando los lomos de los libros que había en el estante, totalmente conciente de que la vista de Paula estaba sobre él. Lo hacía sentir un poco nervioso aquel silencio. Esperaba que Paula le dijese algo inmediatamente, pero ella parecía estar pensando.
-Es peor de lo que pensé –dijo la profesora luego de un par de minutos, más al aire que a Diego -. Muchas gracias, Diego. Te llevaré donde la directora ahora mismo.
Paula Hewett se levantó, Diego sin entender nada. No sabía a lo que se refería con que era peor de lo que pensaba. Quizá lo decía por el hecho de que Rebeca molestara a Sandro por ser un “sangre sucia”, a Diego también le había parecido terrible cuando lo supo. Pero Juan había dicho que era algo relativamente común, por lo que probablemente no era la primera vez que oía algo así la profesora. Quizá, entonces, se debía al hecho de que los habían golpeado. Si, eso debía ser.
Subieron escaleras hasta llegar al quinto piso, el último. La profesora lo condujo por un pasillo y se detuvo junto a una ventana. Se acercó a ella e hizo un gesto a Diego para que la acompañara. Extrañado, Diego se acercó también.
-Mira la copa de ese árbol –le dijo Paula, indicándole un árbol muy alto que se alzaba justo en frente de la ventana. Era demasiado alto para ver su copa desde allí, así que debería acercarse lo más posible al vidrio de la ventana y girar su cabeza hacia arriba. Eso fue lo que hizo.
Cuando vio la copa del árbol, vio en ella una esfera dorada, justo en la punta. Extrañado, intentó pegarse más al vidrio para distinguir eso. No entendía por qué la profesora quería que viera la copa de aquel árbol. Quizá algunos días antes había visto esa esfera y le había parecido curiosa. Ante tal pensamiento, Paula se volvió para Diego una persona extrañísima. Antes de poder seguir pensando, la luz del sol se reflejó en la esfera, encandilando a Diego, que se alejó de la ventana para quitar la vista del insoportable destello. Cuando recuperó la vista, vio a través de la ventana la copa del árbol, pero sin necesidad de acercarse a la ventana ni mucho menos. Era como si estuvieran un piso más arriba. Miró a su alrededor. El pasillo había cambiado. De hecho, ahora no era un pasillo, sino una especie de sala de estar, con sillones y un estante con libros. En la pared del fondo había una puerta doble de madera.
-Aquella es la oficina de la directora Xegolt –le informó Paula, amablemente -. Ve y toca la puerta. Yo debo irme ahora, tengo trabajo que hacer.
Posó su mano en el hombro de Diego, le sonrió y pegó su cara a la ventana, mirando hacia abajo. En un segundo, su imagen se desvaneció, como si se tratara de humo. Nervioso, el chico se acercó a las puertas de madera. Golpeó con los nudillos, produciéndose un ruido mucho más grave que en una puerta ordinaria. Se oyó un “Adelante” y, antes de que el muchacho pudiera abrir algunas de las puertas, la que había golpeado se abrió sola. Entró a la habitación, tímido. Era bastante amplia y estaba llena de estantes con libros y pergaminos. Había también varios cuadros, por los que se movían distintas personas que conversaban entre ellas y se pasaban a los cuadros vecinos. Una lechuza descansaba en una jaula junto al amplio escritorio tras el cual estaba sentada la directora, quien miraba a Diego mucho más severa de lo que la había visto el día en que llegó al colegio.
-Toma asiento –le dijo. Sus palabras le sonaron más a una orden que a palabras amables. El chico no tardó en sentarse en una de las dos sillas que había al otro lado del escritorio -. Supe del altercado que hubo en el pasillo el día de ayer. ¿Es cierto que te golpearon?
-Si –contestó. Evaluó esa pregunta como una petición de que contara la historia, por lo que se dispuso a hablar. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, la profesora habló.
-Si, señora –le dijo, con una amabilidad que a Diego le pareció un tanto falsa -. Es bueno conservar el respeto, Diego. Cuéntame qué fue lo que pasó.
-Si, señora –repitió, un tanto avergonzado. En su colegio muggle también le hacían referirse de “profesor” o “señor” a los adultos, cosa que había olvidado por completo. Lafken le había parecido un lugar demasiado hermoso como para que ese tipo de cosas tuvieran lugar -. Todo el mes pasado Rebeca estuvo molestando a Sandro Neely, un chico de Pum…
-¿Molestaban a Sandro? –inquirió la directora, mirándolo a los ojos.
-Sí –contestó Diego, sin entender por qué la bruja le había preguntado eso. No sabía qué tanta importancia podría tener -. Bueno, luego le dijimos que no siguiera molestando. Nos dijo que no sabía con quién nos estábamos metiendo y ayer fue que me golpeó un amigo suyo o lo que fuera, hasta dejarme inconciente. Me rompieron la nariz y…
-Sí, sí, esa parte ya la conozco –lo atajó, anotando un par de cosas en un pergamino que tenía sobre el escritorio. Luego, lo miró a los ojos, sonriente -. Muchas gracias por contarme lo que pasó.
-¿Eso es todo? –preguntó, sorprendido. No entendía cómo la directora podría estar conforme con una historia tan breve
-Eso es todo.
-¿Y qué pasará con ellos? Supongo que recibirán un castigo.
-Según lo que me has dicho, ellos han sido provocados –le dijo la directora. Diego no entendió a lo que se refería, por lo que se quedó mirándola, para que prosiguiera -. Lo más probable es que no, Diego.
-¡Pero si me golpearon hasta que ya no pudieron más! ¡Y a Sandro lo han embrujado! –exclamó, indignado. No podía creer las palabras que acababa de decirle la mujer, que seguía mirándolo con una sonrisa que al chico le parecía falsa.
-Sí, pero es comprensible. Los provocaste –contestó calmadamente Bromgarda. Era imposible para Diego aceptar lo que le estaba diciendo. Era como si lo estuviese culpando a él de que lo hubieran golpeado, le hubieran escupido, roto la nariz y humillado.
-¡Pero…!
-Además, no tendrías por qué haber provocado a Rebeca, pues el problema fue entre ella y Sandro –la serenidad con la que hablaba la bruja comenzaba a desesperarle. Además de las horribles palabras que le decía, lo hacía con una naturalidad que hacía parecer como si no le importara en lo más absoluto -. Lo siento, Diego, es lo más justo.
¡Claro que no era lo más justo! Sin embargo, Diego no supo qué decirle para convencerla de que castigara a quienes lo habían dejado un día completo en la enfermería. La mujer parecía decidida a no hacer nada, y lo peor era que realmente pensaba que era lo mejor. ¿Cómo iría a convencerla? Sentía realmente que esos chicos merecían un castigo… quizá cómo estaría Sandro en ese momento, en el que probablemente los tres muchachos estaban andando por allí, sin ninguna culpa por haber hecho lo que habían hecho.
-Puedes retirarte, Diego –le dijo luego de varios minutos la directora al chico. En aquellos minutos la bruja no había hecho más que seguir anotando cosas en un pergamino, sin prestarle atención al chico, quien interpretó las palabras como una orden.
Salió con una muy mala sensación de aquella oficina, un poco confundido acerca de la imagen que tenía de la directora. Ella había dicho que eso era lo más justo, pero a Diego no le había parecido lo mismo. Se acercó a la ventana, miró la esfera dorada (que esta vez estaba por debajo de la copa del árbol) y apareció en el quinto piso. No pudo sorprenderse de la magia en esa ocasión, no tenía ánimos para ello. Caminó lentamente por los pasillos, guiado por sus pies hacia el comedor. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que sintió el olor a comida. No había tenido tampoco ninguna información acerca de la hora en todo el día. Fue pura suerte que el chico hubiera llegado poco antes de que dejaran de servir el almuerzo.
Mientras comía, se acercó a él Juan, con dos sobres en la mano. Le sonrió y se sentó junto a él, poniendo los sobres en frente suyo, sobre la mesa. Reconoció las letras de su padre y madre. Siguió comiendo, con lentitud.
-Supe lo que te pasó –le dijo Juan, mirándolo -. Qué mala que es esa chica… pensaba que era normal lo que le pasaba a Sandro. Pero que los hayan golpeado como lo hicieron no es para nada normal. ¿Cómo te sientes?
-Bien –le contestó, cortante. No era su intención ser desagradable con Juan, pero no pudo evitar hablar lacónicamente. Su ánimo no era el mejor, definitivamente -. Gracias, enserio.
No hablaron mucho más. Diego le contó lo ocurrido, sintiendo como si hubiera contado esa historia muchísimas veces, cuando en realidad solo lo había hecho tres veces. La conversación fue rápida. El chico habló lo justo y necesario, nada más, cosa que pareció entender Juan, que se fue luego de saber la historia y el estado de Diego. Se acordó de los sobres que tenía en frente solo cuando hubo terminado de comer. No se sentía muy de ánimos para leer las cartas de sus padres, pero de todos modos lo hizo. Eran tal y como se las esperaba: muy cariñosas, reflejaban preocupación, todo lo que debían reflejar. A pesar de leerlas, se sintió muy solo. Sin Sandro, sin sus padres y con una sensación de injusticia que lo acompañaría por muchos días. De peor ánimos lo puso recordar a su padre, aunque eso no le afectó demasiado. En comparación, la ira que en ese momento sintió al saber de su padre no era nada comparado con el sentimiento de malestar que tenía. Solo hubo una cosa que le llamó realmente la atención de todo eso. Fue la última oración de la carta de su padre, palabras muy similares a las que le había dicho Umma el día anterior, en la enfermería. “No esperes que suceda lo que quieres.”.
Sintió una inmensa emoción al tocar aquella puerta blanca del tercer piso, como si algo que hubiera estado buscando por mucho tiempo se aproximara a aparecer. Nadie contestó al llamado de Diego, por lo que el chico había decidido abandonar sus intenciones. Por suerte, la persona a la que buscaba apareció oportunamente en el pasillo justo en el momento en que el muchacho comenzaba a caminar. Se había sorprendido bastante de ver al chico esperando fuera de su despacho, cosa que se vio en su rostro. Lo invitó a pasar. Diego lo agradeció mucho en su interior. Era justamente lo que quería que pasara. El despacho era pequeño, por lo que el escritorio que tenía Umma era mucho más pequeño que el de la profesora Hewett. Prácticamente el despacho eran el escritorio y un trío de sillas.
-Quería hablar con usted… –le dijo el chico, una vez sentados el uno frente al otro. Tenía la cabeza gacha y se sentía muy nervioso, pues no sabía exactamente cómo plantearle la inquietud que en su interior se remecía – acerca de lo que me dijo ayer.
La profesora sonrió. El chico no entendió porqué la bruja comenzó a sonreír, pero lo cierto era que ese hecho amenizó mucho más el ambiente.
-Recibí carta de mis padres –le contó, acercándose al tema del que quería hablar -. En la carta de mi padre decía algo muy parecido a lo que usted me dijo esta mañana… -la bruja simplemente mantuvo la mirada del chico, sonriendo aún. A diferencia de la sonrisa de la directora Xegolt, la sonrisa de Umma le parecía sincera y muy amable -. ¿Qué quiso decir con que no esperara que fueran castigados? Acertó totalmente, porque la directora me dijo que lo más probable era que no castigara a los chicos…
-Te dije eso por una razón muy simple: Xegolt está de parte de Rebeca –fue tan directa que Diego no lo asimiló enseguida -. Comparten las mismas opiniones respecto a ciertos temas, Diego. Como el tema de la sangre mágica, por ejemplo.
-¿Qué? Pero si ella es directora del colegio, ¿cómo puede creer en esas estupideces? –inquirió, anonadado.
-Estupideces son para ti y para mí, probablemente, pero para ella y para muchas personas son ideas que sí tienen coherencia e importancia –le contestó Umma, serena como siempre -. Eso es lo que justamente preocupa a muchos magos.
-Pero… ¿cómo? ¿Cómo es posible?
-Es desconcertante, te entiendo perfectamente. Todos quedamos así cuando ella reemplazó a Bruno. Era algo que nadie se esperaba…
-¿Por qué sucedió eso? Hace muy poco me di cuenta de ello… la carta que me enviaron para venir aquí estaba firmada por Bruno Visic como director, pero ya no lo es –recordó la carta que había encontrado en su bolsillo hace varias semanas. Parecía que se acercaba a averiguar, sin haberlo querido, la razón por la cual había sucedido aquel repentino cambio de directiva.
-El Consejo Escolar Mágico, un órgano del Ministerio de la Magia, está integrado casi totalmente por gente de pensamiento purista, es decir, que piensan que los magos de sangre ‘pura’ son superiores a los de sangre ‘impura’ –comenzó a decir Umma, quien, al ver la cara de poco entendimiento de Diego, prosiguió -. Este Consejo es formado por gente electa por los magos de todo el país. Nadie se explica por qué, pero en las pasadas elecciones tuvieron mucho éxito los candidatos puristas. Y como tienen el poder de destituir y sugerir directores y profesores para las distintas instituciones educativas, han botado a Visic, supuestamente por mala gestión, y han sugerido a Xegolt, una purista al igual que ellos –Diego escuchaba atónito las palabras de la bruja. Comenzaba a entender cosas que antes no había entendido en absoluto -. Todo el mundo mágico es conciente de estos cambios… los puristas están consiguiendo poder, cosa que puede poner en peligro a muchos magos.
Claro que entendía eso, claro que entendía –ahora –el peligro que significaba el poder que tenían los puristas hasta el momento. Quizá fuera muy simple, pero el hecho de que un grupo de chicos pudieran golpear hasta la inconciencia a otros chicos, solo por un ideal estúpido, era una clara señal de ese peligro. Estaba seguro de que eso era, nada más, la punta del iceberg. Luego de esas palabras, Diego agradeció a la profesora y salió de su despacho. Había averiguado mucho más de lo que había pretendido averiguar. Otra vez la sensación que tenía cambió… ahora se sentía muy extraño, como si no estuviera seguro de ser quien era. Cuando entró en la habitación de los chicos de su año, recordó lo que le había dicho Frida hace varios meses. Le llegaron como una clara grabación y le hicieron, esta vez, sentido. Ahora si entendía a lo que se refería cuando le había dicho de los problemas de la organización que se tenía en el territorio de Lafken. Los puristas querían poder, claro… de ese modo podrían actuar conforme a sus intereses. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al imaginar a muchas personas como Rebeca al mando del Consejo Escolar Mágico.

6 comments
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Abril 6, 2008 a 1:09 am
ARCTURUS
Bueno el cap, pero deberia haber una venganza por parte de diego algo que hiciera que rebecca sintiera dolor.
Abril 9, 2008 a 12:30 am
Gattita
pues con respecto a este capitulo, los he leido todos, estan interesantes y pues este me gusto, por cierto, no es por ser ignorante pero no entiendo el termino de TRAIDOR A LA SANGREque significa y como se da, si se me puede resolver esa duda
gattita
Abril 9, 2008 a 12:32 am
Gattita
deberia haber sangre, mas sangre, en proximos capitulos, talvez un deseso importante para Diego, quisas un grupo revelde que esten en contra del ministerio
Gattita
Abril 9, 2008 a 4:20 pm
Valentín
El término “traidor a la sangre” se refiere a los magos de “sangre pura” (hijos de magos, de familias mágicas que no se han mezclado con muggles, etc) que no están en contra de la consideración como magos de los “sangre sucia” o los “sangre mestiza”. Es un término que ocupan, por supuesto, los puristas.
Saludos. Pronto subiré el capítulo 11
Abril 10, 2008 a 4:33 am
Gattita
ENTONCES CON ESO PUES NO SERIAN TRAIDORES A LA SANGRE TODOS LOS MAGOS QUE SE CASAN CON MUGGLES
GATTITA
P.D: APRISA CON EL CAPITULO ONCE (APRISA, APRISA, ES BROMA EH, ES QUE NOS DEJAS A LA ESPECTATIVA DE QUE PASARA EN EL SIGUIENTE)
Abril 10, 2008 a 11:25 pm
ARCTURUS
yapues, que pasa con el capitulo numero 11, ojala que sandro no se vaya, y que esto lo haga querer ser poderoso para vengarse, no habria nada de malo en una especie de voldemort sangre sucia que matara a los sangre pura.