-¡Es una locura! –exclamó Sandro al día siguiente. Apenas se había enterado de que ya estaba bien, Diego había ido a buscarlo a la enfermería.

Habían salido entonces a los terrenos del colegio y se habían puesto a conversar a la orilla del río, como solían hacer. El viento soplaba, haciendo el día mucho más fresco de lo que habían sido hasta ahora los primeros días de algo que no parecía anunciar ningún otoño. Luego de contarle todo lo que había averiguado, el rubio se había quedado perplejo. Al igual que a Diego, le parecía ridículo que gente así pudiera ser directora de un colegio.

-Así es… y todo por culpa del Consejo Escolar, que está lleno de puristas o como les llamen –contestó Diego, arrojando una piedra al agua. Realmente le preocupaba la situación.

-Entonces, ¿no van a recibir ningún castigo? –preguntó Sandro, como confirmando todo lo que le había dicho su amigo.

-A no ser que inventes alguna historia en la que dejes de ser hijo de muggles, no creo.

No supo bien cómo interpretar la expresión que puso Sandro. Le pareció, en un principio, que fue algo así como un “buena idea”, pero le parecía algo demasiado ridículo como para que su amigo fuera a intentarlo. El chico de Pumaquel había quedado con marcas en la cara, como quemaduras.

Apenas se habían visto, Sandro le había contado lo que le había pasado. Lo habían abordado en el comedor, frente a todos. Se las habían empeñado en sacarlo de allí. Por supuesto, como ya habían sido descubiertos por la profesora Hewett esta vez tomaron más precauciones. Fue en el cuarto piso en donde comenzaron a golpearlo, cosa que el mismo Sandro no permitió. Con mucho orgullo le contó cómo le devolvió un puñetazo a Ludwig, cosa que en realidad no sirvió de mucho, pues el mago de cuarto año ni se inmutó. A cambio, se había ganado una maldición de parte de la chica de cuarto, haciendo que sintiera un ardor tremendo en la cara, tanto así que se había desmayado. Ahora exhibía unas seis manchas color rojo en las mejillas, ceja y mentón, recuerdo del suceso.

Acompañó a su amigo hasta el cuarto piso. Mientras Diego se iba a la Sala de Estar de Quiul, Sandro se dirigió a la ventana a través de la cual llegaría a la oficina de Bromgarda Xegolt. Se había atrasado mucho con la materia, por lo que estuvo luego de clases toda la tarde consiguiendo y copiando apuntes de sus compañeros. No fue sino hasta el día siguiente que se enteró de que era definitivo que los chicos no recibirían castigo alguno. El trato que le había dado la directora a Sandro había sido similar al que le había dado a Diego. Sin darle demasiada importancia, finalmente había declarado que no habría castigo alguno ni para Rebeca ni para Ludwig y Olivia (la chica que los acompañaba). Todo esto, con la excusa de que Sandro y Diego los habrían provocado. El chico ya se había hecho la idea de ello, pero su amigo parecía que no tanto. Sandro mantenía una sensación de incredulidad que se reflejaba en su rostro, tal como le había pasado en un principio a Diego. La ira que el chico sentía se había ya impregnado a su cuerpo. No significaba ello que estuviera de mal humor ni mucho menos. Era más bien un recordatorio, algo que le decía que tenía que hacer algo. Estaba calmado, de hecho, mucho más de lo que había estado desde hacía varios días.

-No puedo irme –dijo súbitamente Sandro.

-¿Cómo?

-No puedo irme.

El muchacho se quedó mirando a su amigo, sorprendido. Se le había olvidado que Sandro pretendía irse, por lo que sus palabras en primera instancia no habían hecho sentido en la cabeza de Diego.

-No puedo dejarte aquí, ni dejar que Rebeca y gente como ella sigan haciendo esas cosas –explicó -. ¡La directora está de su lado!

No hablaron más. Se quedaron en silencio mucho tiempo, ambos mirando el agua del río, que parecía que cada día pasaba con más fuerza. Así que Sandro se quedaría… no supo qué decirle. De hecho, nunca le dijo nada con respecto a eso. Ni siquiera en un principio se puso feliz. Fue como si el hecho de que Sandro se hubiera quedado significara más comenzar a pensar en qué hacer para detener a Rebeca que el mismo hecho de que el chico se quedara.

La reincorporación a las clases les mostró a ambos amigos que el rumor de lo que había pasado se había extendido por todo el colegio. Mucha gente los miraba en los pasillos y conversaban cuando pasaban. En realidad eso tomó a Diego sin cuidado. Más le preocupó el hecho de que en un par de ocasiones se cruzara en un pasillo con Ludwig y Olivia, quienes lo miraron con sonrisas maliciosas. Por hechos como ese y los comentarios de Rebeca se dieron cuenta de que el tema no se detendría allí. Quedaba claro por qué ambos chicos deberían quedarse en Lafken. A pesar de haber dejado de molestar específicamente a Sandro, pareciera como si Rebeca y su creciente grupo de amigos se hubieran entusiasmado, comenzando a molestar ahora a otras personas. El mayor foco de molestia eran las clases de Culturas del Mundo Mágico y Estudio de Animales Mágicos, en las cuales se formaban grandes discusiones entre los profesores y ciertos estudiantes, aunque nunca entre estudiantes. Nadie se atrevía a contestarle a Rebeca. Eso era algo que irritaba mucho a Diego, a quien también le daba cierto temor contestarle. Rebeca y su grupo de amigos comenzaban a ganar respeto poco a poco, a costa del miedo que generaba lo que le habían hecho a Diego y a Sandro (y sobre todo a Sandro, dadas las cicatrices que le habían quedado en el rostro).

A pesar de todo, la vuelta a clases hizo que Diego se distrajera un poco. Volvió a tener el entusiasmo de antes con respecto al aprendizaje y a sentir esa conexión con su varita. En cierta medida sentía como si el objeto sintiera la molestia del chico. Siguieron estudiando distintas culturas mágicas, animales, conjuros e historia. Finalmente los magos novatos comenzaban a dominar algunos conjuros, pudiendo a final de mes mover objetos pequeños por el aire, con la varita como única ayuda. La clase de Culturas del Mundo Mágico era la que más lento avanzó en un principio, por las interrupciones constante de un grupo de estudiantes que se rehusaba a estudiar a “bestias” como si fueran seres. Finalmente, el profesor –que en un principio intentaba seguir con la clase como si nada pasara –terminó por expulsar de la sala a varios estudiantes. Dejó a todos sorprendidos, ya que el profesor durante todo el primer mes había demostrado ser alguien bastante sumiso a los desagradables comentarios y discusiones que comenzaban Rebeca y su grupo de amigos. En la clase de Deportes Mágicos comenzaron a hacer carreras y a practicar distintas hazañas montados en las escobas. Como no todos tenían el mismo nivel montando la escoba, la clase se dividió en dos partes. Una vez a la semana practicaban montando la escoba y volando a través de distintos obstáculos y en la otra clase de la semana hacían carreras y practicaban con balones. A pesar de que el chico aún no dominaba del todo volar sobre la escoba, le entusiasmaba mucho practicar con balones, cosa que en realidad le costaba mucho.

Aprendió finalmente a ignorar a Rebeca, al igual que Sandro. Le sorprendía en realidad cómo su amigo había ganado la fortaleza de ignorar los ofensivos comentarios de la chica, que a ratos lo molestaba por las cicatrices que quedaron en su rostro. Por las tardes, muchas veces el par de chicos se encontraron planificando formas de vengarse de Rebeca, imaginándose distintas situaciones e incluso muchas veces yendo a la biblioteca para leer sobre maleficios. Lo cierto era que todo ello era más un juego que algo enserio, aunque no se puede negar que ambos sí tenían todas las ganas de vengarse de ella.

Durante el mes de Abril también comenzaron las primeras pruebas. Todos los estudiantes de primer año se habían olvidado de que existían las pruebas (que parecían ser no más que un mal recuerdo de alguna vida pasada) hasta que los profesores comenzaron a anunciarlos con dos semanas de anticipación. Fue entonces cuando el pánico comenzó a sembrarse entre los estudiantes de primero. Los más grandes se divertían diciéndoles lo duro que eran los exámenes, las cosas que deberían estudiar y regalando sus apuntes de años pasados. Diego, quien no era muy estudioso, no le prestó demasiada importancia al tema. Estudiaba solo las cosas que le divertían, como Hechizos Cotidianos, Hechizos Avanzados, Raíces mágicas de América y Preparación de pociones, aunque en realidad lo que hacía no se podía llamar estudio. Más bien experimentaba, conjuraba los hechizos que le costaban más y leía libros en la biblioteca, como quien lee un cuento. A pesar de no ser riguroso en ello, sentía que aprendía bastante haciendo estas cosas. Como algunas clases (como las relacionadas con conjuros) avanzaban relativamente lento, las pruebas no eran demasiado complejas, no era mucha la información que había que estudiar.

Pasados los exámenes Diego aprendió acerca de rigurosidad. En las pruebas de Historia de la Magia y Estudio de Animales Mágicos le fue bastante mal, aunque fue algo más bien generalizado. La profesora Hewett y el profesor Salazar (el profesor de Estudio de Animales Mágicos) demostraron ser los más severos en cuanto a exámenes. En realidad era algo que ellos ya habían advertido a los chicos, pero, por supuesto, nadie los había tomado muy enserio. Un dos coma cuatro y un tres coma cinco obtuvo Diego en aquellos exámenes. No le dio la suficiente importancia hasta que recibió cartas de su madre y de su padre. Todas las notas de los exámenes eran entregadas también a los padres, cosa de la que Diego no tenía idea. Por eso le sorprendió tanto cuando recibió ambas cartas, que parecían más amenazas que otra cosa. Para su mala suerte, los desastrosos exámenes de Historia y Estudio de Animales Mágicos habían sido los primeros, por lo que la impresión que se llevaron sus padres fue mucho peor de la que ellos mismos se hubieran podido imaginar. Ni siquiera en su colegio muggle obtenía esa clase de notas.

Una semana después obtendría mejores calificaciones. En el resto de las pruebas tuvo notas más decentes, que fluctuaron entre el cuatro coma ocho y la nota máxima, el siete. Fue en el examen de Raíces mágicas de América en el que obtuvo el máximo. Luego de la clase en la que entregó los resultados, Bruno Visic pidió a Diego que se quedara durante el recreo para felicitarlo. Lo miró a los ojos durante su conversación, en la que el profesor le comunicó lo sorprendido que estaba por la exactitud con la que trató los distintos temas que hubo en la prueba. Diego contestó humildemente que se debía al gusto que tenía por la clase, lo sorprendido que quedaba cada vez que se informaba acerca de algo nuevo en la historia mágica de América y que por ello le gustaba mucho leer y aprender más acerca del tema. El profesor Visic lucía extrañamente feliz. Ahora que el chico sabía que había sido sacado del puesto de director por el Consejo Escolar Mágico, le parecía extraño que pudiera tener una actitud tan despreocupada. Se sintió tentado durante muchos minutos a preguntarle acerca de lo que había pasado antes del inicio de clases, pero no sabía cómo hacerlo sin interrumpir la conversación. Aprovechó un momento de silencio para hacerlo.

-Profesor… -comenzó a decir Diego, captando la atención del maestro, que comenzaba a guardar sus pergaminos en un bolso de cuero –quería preguntarle algo.

-Por supuesto, adelante –le dijo el profesor con una sonrisa. Probablemente pensaba que era relacionado a la clase.

-Lo que pasa es que… usted era el director cuando yo recibí la carta para venir a Lafken –le dijo, como dándose vueltas antes de entrar en el tema.

-Así es –contestó Visic, mirándolo fijamente. Se detuvo en el acto y quedó con la mirada fija en los ojos de Diego.

-Me contaron… que el Consejo Escolar lo sacó de su puesto…

-¿Quién te contó eso? –lo interrumpió, abriendo un poco más los ojos.

-La profesora Hewett –contestó con simpleza. Parecía como si ese fuera un dato que el profesor no quisiera que fuera conocido. Visic no contestó, por lo que el chico decidió continuar -. Hace poco tuve problemas con una chica y… no sé. La directora Xegolt es…

-Te entiendo a la perfección, Diego –dijo el profesor, sin permitirle terminar de nuevo. Se acercó al chico y le puso una mano en el hombro -. La sensación de impotencia, de injusticia que sientes, es lo mismo que yo sentí cuando me sacaron de mi puesto como director –Diego no se esperaba que el profesor comenzara a hablar de eso hasta que le preguntara -. La directora Xegolt no es ciertamente la mejor en su puesto. Supe de tu problema y de la decisión que tomó la directora… -terminó de guardar sus papeles y luego se dirigió nuevamente a Diego –pero no hay nada que hacer.

-¿Cómo dice eso? –preguntó Diego, sorprendido -. ¡Hay que hacer algo!

-Es inútil, Diego –le contestó con aire deprimido -. El poder está en manos de otros.

Suspiró y se retiró del aula, dejando a Diego solo y atónito. No sabía qué era lo que sentía. No sabía si estaba sorprendido o si, por otro lado, había aprendido una lección de las palabras de Bruno Visic. Salió de la sala confundido, con su mochila al hombro. Pensativo, caminó por los pasillos hacia los terrenos del colegio. Era hora de almuerzo, pero aún no quería comer. Salir un momento a recostarse en el césped le haría bien. Cuando estuvo en el segundo piso se encontró con Juan. Venía del comedor y saludó alegremente al chico.

-¿Cómo estás Diego? –le dijo, sonriendo -. ¿Te animas a ir a los terrenos? Oí que los chicos mayores van a jugar al Quodpot.

La sonrisa sincera de su amigo lo animó a acompañarlo. En algún otro momento podría pensar en lo que le había dicho el profesor Visic. Caminaron por los terrenos más allá de los invernaderos. Justo detrás de estos había una amplia cancha marcada por una especie de polvo dorado. En sus extremos, dos calderos llenos de una sustancia que Diego no reconoció. Varios chicos y chicas estaban conversando en medio de la cancha y alrededor de ella muchos otros estudiantes se congregaban a ver el partido de Quodpot que en poco comenzaría. Según lo que oyó, el profesor Grenhu había aceptado hechizar la pelota con el conjuro adecuado para jugar al Quodpot. Alcanzarían a jugar solo un punto, pero daba igual. Los dos equipos de cuatro estudiantes cada uno (no eran tantos ni tantas escobas como para jugar un partido con once jugadores por lado) se pusieron en los extremos de la cancha. En el medio, una chica alta y morena sostenía la pelota en el aire con su varita. Luego de un silbido muy fuerte, la chica lanzó la pelota al aire, ante lo cual los ocho jugadores se alzaron por los aires montados en sus escobas, dispuestos a agarrar la pelota que ascendía.

El Quodpot era un deporte muy popular en América, a pesar de que debía competir con el Quidditch, un deporte mundialmente popular. Se juega con once jugadores por equipo, los cuales intentan meter la pelota (denominada quod) en el caldero del lado opuesto (el pot), el cual tiene dentro de sí una sustancia que anula el conjuro que tiene la pelota. De no ser puesta en el caldero, el conjuro hará que la pelota explote (una explosión pequeña, claro) luego de un tiempo indefinido en manos de quien la lleve. El jugador que la cargue en el momento en que explote debe salir de la cancha.

El partido comenzó y, mientras los espectadores gritaban palabras de apoyo a sus distintos amigos, los jugadores volaban impresionantemente a distintas alturas, lanzándose la pelota los unos a los otros, esquivando a los jugadores que intentaban robar el balón, robando ellos mismos el balón y haciendo distintas piruetas de vez en cuando. Se mantuvieron jugando cerca de quince minutos, en los cuales todos los presentes estaban con los nervios de punta, ansiosos pero a la vez temerosos por la inminente explosión de la quod.

Durante el juego, se le acercó Sandro, que venía desde la casona. Diego se alegró mucho de la llegada de su amigo, pues estaba volviéndose loco por contarle a alguien lo que Bruno Visic le había dicho. Ese alguien no podía ser otro que Sandro, con quien comentaba absolutamente todo. Juan era también muy amigo suyo, pero no solían conversar de temas relativos a la pureza de sangre, planes para fastidiar a Rebeca ni nada parecido. Así, hablando muy en voz baja e intentando escucharse a pesar de los gritos, Diego le contó con lujo de detalles todo lo que había pasado luego de la clase de Raíces mágicas de América. Extrañado, Sandro no le dio demasiada importancia. Su único comentario fue que Bruno Visic era de las personas que menos esperaba que se rindiera, pero que ya daba igual, que él no se rendiría. Diego no se tranquilizó. Él tampoco se rendiría, pero la resignación del profesor le preocupaba bastante. “El poder está en manos de otros”. Estaba seguro de que esa frase decía mucho más de lo que aparentaba decir. Tendría que indagar mucho más en ella.

Un grito generalizado lo sacó de sus pensamientos, trayéndolo de vuelta a los terrenos de Lafken. Finalmente habían anotado un punto y los jugadores descendían. Algunos estudiantes espectadores aplaudían a los ganadores. Probablemente había sido un buen juego. A Diego lo traía sin cuidado, a decir verdad. Le habría gustado ver el partido, pero su preocupación ahora eran las palabras del ex-director. Mirando hacia cualquier lugar con la mirada perdida, Diego se percató de que un grupo de personas se acercaba a la cancha. Eran ocho, todos con escobas bajo el brazo. A decir verdad, las escobas que traían los recién llegados se veían mucho más nuevas que las de los chicos que acababan de jugar. Las ramitas estaban todas alineadas y ordenadas, el palo brillaba y tenían inscripciones talladas. Del grupo de estudiantes que acababa de llegar reconoció a Ludwig y a Olivia, ambos con excelentes escobas y sonrisas socarronas.

-¿Otro partido? –preguntó en voz alta una chica de cabello ondulado y teñido de color rojo oscuro.

Los que acababan de terminar el partido voltearon para ver a los recién llegados. Era evidente que su presencia no era agradable, por los rostros que pusieron al reconocerlos. Todos guardaron silencio, para escuchar la respuesta.

-No sabemos realizar el hechizo para convertir la pelota en quod –contestó un chico que sacaba la pelota –con unos guantes puestos -del caldero en el que la habían colocado.

-Nosotros sí –contestó Olivia desde la parte posterior del grupo. El ambiente se puso un poco más tenso. La razón que había dado el chico que sacaba la pelota del caldero no había sido más que una excusa para no jugar con el grupo de chicos que acababa de llegar.

-Entonces está bien –contestó finalmente un chico alto y fornido, que miraba fijamente a Ludwig -. Puede que sea divertido.

Los recién llegados sonrieron y fueron a ubicarse a un extremo de la cancha. Olivia recibió la pelota de manos de quien la acababa de sacar del caldero y, apuntándola con la varita, susurró unas palabras en voz baja. La otra vez quod brilló por unos segundos y luego dejó de hacerlo. La muchacha se la lanzó a la chica que durante el partido anterior había lanzado la pelota al aire, quien mediante un conjuro la dejó nuevamente flotando en el aire frente a sí. Los equipos estuvieron ubicados en sus puestos y, otra vez, un silbido sonó al tiempo que la quod era lanzada al aire.

Los espectadores, silenciosos, vieron cómo los dieciséis jugadores se lanzaban a buscar la quod. Extrañamente, los chicos que se acababan de sumar al juego iban más lento, por lo que el equipo que inicialmente jugaba se hizo del balón enseguida. Siguieron demostrando un muy bajo nivel durante el resto del partido los recién llegados. Cuando tenían el balón, se les caía de las manos o no interceptaban bien los pases que hacían los del otro equipo. A pesar de tener escobas que, a juzgar de lo que decían los espectadores, eran mucho mejores, los chicos nuevos no pudieron hacer mucho contra los otros. Cuando finalmente estaban a punto de marcar un punto los del equipo inicial, la quod estalló. Sin embargo, la explosión que causó fue muchísimo más grande de lo que antes había sido. Un estrépito asustó a todos los presentes y, luego de disipado el humo de la explosión, se vio caer al chico que cargaba la pelota. Definitivamente eso no era normal. Por suerte el chico cayó de una altura de dos metros, de lo contrario podría haberse roto algo más que su hombro, que crujió cuando hizo contacto con el suelo.

Muchos espectadores se levantaron y comenzaron a correr hacia el chico que se había caído, cuyo cuerpo estaba cubierto de un polvo negro. Estaba inconciente y un hilo de sangre le salía de su boca entreabierta. Los recién llegados rieron a carcajadas al ver lo que acababa de ocurrir. Diego comenzó a irritarse. Se puso de pie, mientras el chico alto y fornido que había aceptado el juego caminaba a grandes zancadas hacia los muchachos que se desternillaban de la risa.

-¡Ha sido a propósito, imbéciles! –les espetó, sacando su varita de su bolsillo.

-Más respeto, impuro –le contestó Ludwig, haciendo lo mismo -. Nosotros no hemos hecho nada. Así es como se juega al quodpot.

-¡Eso no es normal! –gritó una chica que, dejando el grupo de personas que había reunidas alrededor del chico herido, caminaba hacia Ludwig.

-¿Qué esperabas, que le hiciera un cariñito la quod? –le preguntó irónicamente otro chico, de piel y cabello oscuro. Ante este comentario, volvieron a reír algunos de los chicos de su equipo.

-Sabes perfectamente de lo que hablamos –dijo el chico alto y fornido, frunciendo el ceño. Muchos de los chicos que se habían reunido en torno al muchacho que había caído de la escoba comenzaban a acercarse al lugar en donde discutían.

-Bah, no tenemos idea –contestó con una sonrisa Olivia, mirando al resto de su equipo -. Al parecer los sangre sucia no tienen idea de quodpot.

-¡Purista hija de puta! –gritó la chica que se había acercado anteriormente, adelantándose un poco. El chico alto y fornido la sujetó, sin quitar la mirada de Ludwig.

-¿Cómo me has llamado, asquerosa muggle? Vuelve a tu mundo y deja de jugar a ser una bruja –le dijo Olivia a la chica, sacando su varita.

-Te he dicho hija de puta –le gritó de vuelta la chica, agitando la varita. Un destello naranjo salió de su varita y Olivia dio un grito mientras una mancha negra comenzaba a cubrirle la cara.

Ese fue el comienzo de todo. Diego, Sandro y Juan, que estaban a cierta distancia con la varita en alto pudo verlo todo. A decir verdad, no les servía de nada tener la varita empuñada, pues no sabían conjurar nada que sirviera en un duelo. Sin embargo, los chicos mayores sí que lo sabían. Ambos equipos y algunos estudiantes más se batían en una gran pelea, en la que volaban los maleficios y los conjuros, en la que algunos chicos se daban puñetazos y otros tomaban las varitas de los distraídos. Ludwig se encontraba batiéndose individualmente con el chico alto y fornido con el cual se habían mirado fijamente hasta hace un rato. Varios chicos sangraban y otros tenían extrañas sustancias en el rostro y el cuerpo. Una chica cayó dentro de uno de los calderos y dio un grito fuertísimo que pareció alertar a la gente que estaba dentro de la casona, pues un par de segundos después Diego vería salir corriendo al profesor Salazar con la varita en la mano y una expresión de profundo enojo.

-¿Qué es lo que está pasando aquí? –gritó, furioso, justo en el momento en que el chico alto pegaba un puñetazo a Ludwig -. ¡Señor Fernández! ¡Expelliarmus!

Un chorro de luz roja voló desde la varita del profesor justo hasta la espalda del chico alto y fornido, cuya varita salió volando por los aires al igual que él mismo, que fue a dar de frente contra un árbol, cayendo inconciente al césped. Todo el mundo se quedó en silencio mientras el maestro se dirigía a zancadas al grupo de estudiantes que hasta hace pocos momentos se peleaban.