Solo los pasos del profesor acompañados por el sonido suave del viento se oyeron por pocos segundos, durante los cuales los estudiantes, atónitos, lo miraron atravesar la cancha hasta el lugar en donde todos luchaban hasta hace pocos segundos. Algunos de los puristas que allí había sonrieron ante la llegada del maestro, entre ellos Ludwig, quien tenía el labio roto. Ningún estudiante se atrevió a moverse, por lo que el cuerpo inerte del chico alto y fornido quedó en el olvido bajo el árbol contra el que se había estrellado.

-¿Qué está pasando aquí? –repitió, preguntándole directamente al grupo de estudiantes puristas.

-Al parecer gran parte de este colegio no sabe jugar al quodpot –contestó Ludwig, tocándose el labio roto -. Se han enfadado por nada.

-¡Eso no es cierto! –gritaron desde el otro grupo, en el cual varios estudiantes comenzaban a pronunciar palabras de indignación. Diego, Juan y Sandro tenían una vista perfecta para la situación. Veían a ambos bandos separados por el profesor.

-¿Le he preguntado algo, señor Gutiérrez? –preguntó el profesor. Enseguida todo el grupo que tenía a sus espaldas calló -. ¿Cómo es eso de que se han enfadado por nada? –agregó, continuando con la conversación interrumpida.

-Pues que jugábamos al quodpot y se han enojado por la explosión de la quod –contestó Olivia, fingiendo una expresión de sorpresa que no logró. Sin embargo, pareció funcionar para el profesor.

-Entonces, ¿todo el conflicto es responsabilidad de ellos? –inquirió.

-Así es, pro…

-¡Mentira!

-¡Malditos!

Numerosos gritos llegaron desde el grupo de quienes habían peleado contra los puristas.

-Sonorus –dijo en un susurro el profesor, apuntándose con la varita a la garganta. Lo que a continuación dijo se oyó en todo el lugar, como si estuviera amplificada por algo que nadie lograba ver -. ¿Quieren callarse de una vez por todas?

Una vez más, el silencio reinó en el lugar. El profesor apuntó una vez más con la varita a su garganta.

-Los implicados en esto, por favor acompáñenme. Que alguien despierte a Fernández y le diga que venga –dijo, dándose la vuelta para comenzar a caminar hacia la casona -. Vamos a aclarar la situación ahora mismo… si me hablan de a diez a la vez no podré entender nada.

Un grupo de tres estudiantes corrieron hacia el chico alto y fornido y, apuntándolo con la varita, lo despertaron y ayudaron a caminar hacia la casona. Un grupo muy reducido de chicos, en gran parte de primer y segundo año, se quedaron en el borde de la cancha luego de que el numeroso grupo de estudiantes hubieron entrado a la casona acompañados de sus escobas. Los tres amigos intercambiaron miradas, sin decir palabra alguna. Juan parecía ser el más sorprendido.

-¿Viste cómo son de asquerosos esos puristas? –le dijo Sandro a Juan segundos más tarde, cuando entraban a la mansión. El cubano asintió con la cabeza.

-Había chicos muy graves… espero que mejoren –comentó Juan a continuación, cuando entraban al comedor corriendo. Diego aún no almorzaba, por lo que les pidió que lo acompañaran a comer.

-Si pudo sanar mis quemaduras, los golpes y hechizos van a ser pan comido para el enfermero –le contestó Sandro, dándole unas palmaditas en la espalda y sonriéndole.

Al parecer a Juan le hacía falta algo de realidad cruda para tomarle el peso a la situación que hace tiempo venían comentando sus dos amigos. Durante los pocos minutos en los que Diego almorzó, Sandro siguió conversando con Juan, como poniéndolo al día en todos los alocados planes que alguna vez habían formulado las dos primeras víctimas de Rebeca.

Después del incidente en los terrenos de Lafken, los estudiantes que antes temían contestarle a Rebeca perdieron, en parte, el miedo. Por ello, las discusiones que antes se formaban en clases entre profesores y el grupo de Rebeca ahora eran entre estudiantes solamente, produciéndose grandes griteríos cuando alguno de los dos grupos comenzaba a perder la paciencia. Esto sucedía en algunas clases solamente, dado que había profesores que simplemente no lo permitían, como la profesora Hewett y el profesor Visic, entre otros. Otras clases, como la de Culturas del Mundo Mágico, eran las que más se prestaban como escenario para las enardecidas discusiones. Sin embargo, una semana después del incidente, los profesores comenzaron a tomar nuevamente el control de sus clases, por medio de la expulsión de muchachos y muchachas de la sala de clases. Durante los primeros días en los que se aplicó esta medida, hubo clases que terminaron con cinco estudiantes. En algunas clases el hecho de la expulsión no era la gran cosa. Simplemente se salía y muchas veces la discusión se continuaba en los pasillos o en los terrenos. Sin embargo, en clases como la del profesor Salazar, quien cada vez que expulsaba a alguien de la clase le asignaba un castigo para el fin de semana, la cosa era más seria. Fue de ese modo que las peleas, que durante el mes de Abril parecieron dispararse en número, fueron haciéndose cada vez menos frecuente. Eso no significaba que el odio que sentían puristas por quienes ellos llamaban “sangre sucia”, “sangre mestiza” y “traidores a la sangre” hubiera desaparecido. Al contrario, las cosas parecieron tensarse mucho más ahora que ya nadie peleaba. Daba la impresión de que en algún momento explotarían todos y que una gran batalla se daría.

Al llegar Mayo, ya todos los estudiantes se habían acostumbrado al cambio de hora efectuado en Abril, que tuvo a todos por cerca de dos semanas durmiendo en clases. Las clases comenzaban a ser más complejas a medida que el tiempo transcurría, lo que se traducía en parte en entusiasmo y en parte en mayor exigencia, mayor estudio. Diego ya no se maravillaba tanto en las clases con las cosas que aprendía, pues en cierto modo ya se acostumbraba al tipo de cosas con las que podía encontrarse. Fue al darse cuenta de este hecho que comenzó a sentirse realmente parte del mundo mágico, además de que comenzaba ya a dominar conjuros de mayor complejidad. Había aprendido a regar plantas, mover cosas con mayor facilidad y a encender y apagar luces.

En las clases de Deportes Mágicos comenzaban a hacer los primeros juegos de Quodpot. Juan había demostrado ser un estupendo jugador, mientras que a Diego aún le costaba volar controladamente sobre la escoba. Los estudiantes desde tercero a séptimo comenzaban a hacer las pruebas para los equipos de Quodpot del colegio, pues el campeonato nacional comenzaría en poco. A Diego le interesaba mucho la idea. Podría conocer a magos de distintos sectores del país durante los partidos que se celebraran en Lafken. En los diarios murales que había a largo de todo el colegio comenzaban a aparecer los primeros anuncios, todos relacionados con distintos grupos de estudio, investigación y deportes. Los únicos grupos a los cuales podían acceder los estudiantes de primer año eran a algunos grupos de estudio y a los de deportes. Los de investigación tenían ciertos requerimientos de conocimiento, razón por la cual el muchacho no pudo inscribirse en “Teorías de la magia”, un grupo conformado por estudiantes mayores, el profesor Visic y el profesor Fawn. Decepcionado, había decidido no anotarse en ninguna de las listas que había en distintos lugares de la casona.

Si no hubiera sido por los feriados que había repartidos antes de Julio, el chico hubiera muerto del cansancio. Los de primer año tuvieron la segunda ola de pruebas durante la tercera semana de Mayo. Esta vez todos los estudiantes habían tomado precauciones en las clases en las que había que tenerlas. La Sala de Estar de Quiul nunca había estado tan llena de libros, pergaminos y estudiantes como la noche anterior a la prueba de Historia de la Magia, por ejemplo. A pesar de agotarse bastante durante las dos primeras semanas de Mayo por el estudio, Diego obtuvo mucho mejores resultados en las pruebas. Otra vez obtuvo el máximo puntaje en la clase Raíces Mágicas de Latinoamérica y, una vez más, el profesor Visic le había pedido que se quedara después de clases. Sin embargo, el motivo de la petición de Bruno Visic había sido totalmente distinto al de la anterior ocasión.

-Es increíble, realmente, que hayas obtenido nuevamente el puntaje máximo, Diego –le había dicho, entusiasta, mientras miraba la prueba de Diego -. Pero no es para felicitarte para lo que te he pedido que te quedaras. El mes pasado me comentaste que te gustaba mucho esta clase.

Diego asintió con la cabeza, ansioso por saber qué era lo que el profesor le diría.

-Dado que los grupos de investigación son reservados para alumnos desde segundo año en adelante, me preguntaba si es que te interesaría ahondar en tus conocimientos sobre las raíces de la magia. Lo que vemos en clase no es más que la punta del iceberg, es incluso más relacionado con historia que con teoría de la magia.

-¿Qué quiere decir con ahondar mis conocimientos sobre las raíces de la magia?

-Pues, como me comentaste acerca de tu interés por la clase, podríamos arreglar algo así como clases particulares en los aspectos que te interesan –le contestó el maestro.

-Oh… ya veo –dijo Diego, entendiendo, pero sin saber qué decir.

-¿Te interesa, entonces? –preguntó Bruno, ansioso.

-Sí.

-Excelente –contestó Visic, sonriente -. Cuéntame qué es lo que te gustaría estudiar en las clases particulares.

-No lo sé… -contestó, dudoso. Recordó el grupo en el cual no había podido inscribirse –Había pensado en inscribirme en el grupo de Teoría de la Magia, pero no pude, por ser de primero…

-¡Ajá! –exclamó, contentísimo, el profesor -. Sabía que te interesarías en ese grupo de investigación. ¿Te parece si arreglamos clases conmigo y el profesor Fawn para comenzar a introducirte en todo ello?

-¡Claro! Sería fantástico –aceptó el chico, radiante. Era una propuesta mucho mejor de lo que se esperaba.

-Incluso, quizá a fin de año o antes pudieras unirte al grupo. Todo eso depende del progreso que tengamos –agregó Visic, mientras enrollaba los pergaminos que habían esparcidos en su mesa.

-Muchas gracias, profesor.

-No hay de qué. ¿Te parece bien los viernes a las siete?

-¡Sí!

Varios minutos más tarde contaría a Juan y a Sandro acerca de sus clases con el profesor Visic y Fawn. Los chicos mostraron gran entusiasmo por la noticia que su amigo les comunicó. Estuvieron conversando animosamente durante gran parte de la tarde, especulando acerca de las cosas que le enseñarían a Diego, quien prometió luego enseñárselas a ambos muchachos.

El resto de la semana pasó volando, quizá por la poca cantidad de cosas que tenían por hacer luego de dar las pruebas o quizá por el ansia de Diego de tener sus clases particulares con el profesor Visic y Fawn. El viernes a las seis con treinta, Diego comenzó a echar en su mochila las cosas que necesitaría para la clase. Luego de echar pergaminos, su pluma y varios frascos de tinta, se quedó sentado sobre su cama mirando su varita. Probablemente dentro de los próximos meses averiguaría el porqué de la gran conexión que sentía por el objeto. Sandro pensaba lo mismo. Lo había comentado con él hace mucho tiempo y había averiguado que su amigo no sentía lo mismo por su varita. Quizá era algo particular de la varita o quizá algo particular de él. Había pensado tanto en ello durante el año que ya la intriga era mucho menor de lo que en un principio había sido. Ese viernes, el muchacho sintió que esa intriga volvía a activarse ante la posibilidad de averiguar porqué sentía esa conexión con el objeto.

A las siete en punto estuvo frente a la puerta del aula de Raíces Mágicas de América, en el pasillo del cuarto piso. En no más de cinco minutos llegó Bruno Visic, doblando radiante por una esquina. Saludó a Diego enérgicamente y abrió la puerta del aula, invitándolo a pasar. El maestro encendió las velas que había en las paredes de la sala, sujetas por candelabros.

-Ponte cómodo, Diego –le dijo Bruno, haciendo un movimiento con su varita, después de lo cual dos grandes cojines entraron volando a la sala, cayendo justo a los pies del profesor. Le pasó uno de ellos al chico, sonriéndole -. No quiero que pienses en estas clases como las clases comunes del colegio. Aquí aprenderás por gusto, por lo que podemos estar en un ambiente más agradable.

Extrañado, Diego se sentó en el blando cojín. Sacó de su mochila todo lo que había llevado para la clase, dispuesto a anotar algunas de las ideas que el profesor dijera. Había aprendido –forzosamente –a tomar apuntes durante los meses que llevaba en el colegio, cosa que en ese momento apreciaba mucho.

-Bueno, para hoy he preparado una especie de introducción a lo que trabajaremos, una mirada más bien general –comenzó el profesor, mirando un pergamino que sujetaba con la mano derecha. Diego asintió, como diciéndole que comenzara. El profesor se detuvo unos segundos, tomó aire y comenzó a hablar de nuevamente -. Verás, no se sabe con certeza cuál es el origen de la magia. Es decir, no se tiene constancia de por qué existen ciertos seres que tienen estos poderes que llamamos magia.

“En cuanto a historia, se entrelaza con el origen de la vida en el planeta. Es difícil de explicar, pues no se sabe tampoco con certeza si la magia es algo dependiente o no de la vida animal y vegetal. Por eso, hay muchísimas teorías acerca de esto. Mucha gente piensa que depende del humano. El humano, por su capacidad intelectual más desarrollada que el resto de los animales, habría logrado explorar en capacidades que antes no se habían descubierto. Otros plantean que no es algo dependiente de la vida animal y que, en cambio, la magia tendría su origen en la vida vegetal. En ese sentido, habrían sido los herbívoros los primeros animales en poseer capacidades mágicas.

“A pesar de todo, es una discusión que no ha dado frutos en todos los siglos en los que se ha dado. Sin embargo, ciertas experiencias han podido dar origen a más teorías, más cercanas a la realidad y a la utilidad que el hecho de discutir acerca del origen de la magia. La varita mágica es un claro ejemplo de ello. En la antigüedad (hablo de años realmente remotos, muchísimo antes de los griegos), las varitas mágicas no existían. Por ello, el número de magos existentes era aún más reducido del actual, pues se consideraba mago a alguien que aprendía a controlar sus capacidades mágicas, sin necesidad de varita. Son aún más escasos actualmente los magos que son capaces de controlar la magia sin necesidad de ella. Probablemente ninguno de nosotros dos lo haga nunca en su vida. En fin, los fabricantes de varitas mágicas son gente muy sabia, que ha aprendido muchísimas lecciones acerca de la magia y que las ha aplicado en la fabricación de objetos que ayudan a canalizar esta capacidad. No existe una escuela de fabricantes. Cada uno aprende por su cuenta, según sus propias experiencias. En realidad es algo fascinante.

“Del mismo modo podemos ver a los investigadores y gente que ha creado conjuros. Son gente que ha sido capaz de convertir una intención en algo real, convertir el deseo en hecho, algo que también tiene que ver con…

¡Boom! Un sonido ronco y estridente dejó mudo al profesor, que abrió los ojos enormemente. Se puso de pie de un salto, miró a Diego y salió corriendo del aula. El chico imitó al profesor, corriendo tras él. Corrieron hasta el final del pasillo y bajaron por las escaleras a toda prisa. Luego de doblar un par de esquinas, se hallaron ante una pared ennegrecida, con un agujero en mitad de ella. Se detuvieron en seco a observar el resultado de la explosión que acababa de suceder. No tardaron más de dos segundos en asistir más personas al lugar. La profesora Hewett, el profesor Salazar y un grupo de estudiantes mayores llegaron igual de sobresaltados que Diego y el profesor Visic.

-¿Qué pasó? –preguntó Hewett a Visic.

-No tengo idea. Escuché la explosión desde el cuarto piso y bajé a ver –le contestó el profesor.

Más gente comenzó a llegar al lugar de los hechos cuando unas líneas de color plateado comenzaron a aparecer junto al agujero en la pared. Pronto, las líneas comenzaron a unirse entre sí, formando letras que, a su vez, formaban palabras. Un segundo después de que las letras comenzaran a formarse pudo leerse en la pared un mensaje que pareció irritar a algunos estudiantes, que tensaron sus rostros.

Tiemblen puristas. Hoy ha sido esta pared, mañana sus ideas

Diego sintió una sensación mezcla de emoción y de decepción en las palabras. Por un lado, le emocionaba y le ponía feliz que ahora quienes se oponían a los puristas estuvieran alzando la voz. Sin embargo, el mensaje violento le producía cierta reticencia. Siempre le había molestado un poco la violencia, a pesar de que en muchas ocasiones se había dejado llevar por las emociones.

-¿Qué significa esto? –chilló alguien desde el fondo del pasillo. Bromgarda Xegolt corría hacia el lugar en el que la multitud se encontraba. Cuando pudo leer el mensaje en la pared, palideció un poco -. Esto ya es demasiado. ¡Todos los estudiantes a sus cuartos! ¡Enseguida! Profesores, por favor quédense.

Los estudiantes comenzaron a irse del lugar conversando acerca de lo que acababan de ver. Diego, sin esperar, corrió al cuarto piso a buscar sus cosas, que habían quedado en el aula de Raíces Mágicas de América. Luego de ello, subió al quinto piso, a la Sala de Estar de Quiul, en donde se encontró con Juan, quien conversaba enérgicamente con Carlos y algunos chicos de segundo. Se acercó al grupo a conversar. Tal y como esperaba, estaban hablando de lo acontecido hace poco.

-¿Quién creen que lo haya hecho? –preguntaba Carlos, mirando a todos, cuando Diego se acercó.

-Quizá fue algún profesor –aventuró Juan.

-No lo creo –dijo una chica pelirroja que Diego había visto antes en la Sala de Estar.

-Sí, tampoco yo creo que haya sido un profesor –agregó un chico de segundo -. He oído que la directora Xegolt tiene muy bien vigilados a los profesores.

-Pero eso es solo un rumor –contestó Juan.

-Un profesor no se arriesgaría a perder su empleo por algo así –señaló la pelirroja.

-Si, tienes razón –dijo Diego, pensativo -. Entonces quizá hayan sido estudiantes…

-¿Y arriesgarse a una expulsión? –inquirió el chico de segundo.

-Mh… aún así, no creo que sea lo mismo que perder el trabajo –le contestó la chica pelirroja -. En el caso de nosotros, podemos ir a otro colegio, ¿no? En cambio el profesor pierde el dinero con el cual vive.

-Entonces, ¿quién creen que haya sido? –insistió Carlos.

-Debe haber sido un estudiante mayor… no cualquiera puede hacer un agujero en una pared –dijo Juan.

-O quizá fue un grupo de ellos –sugirió Ernesto, el chico el segundo.

En ese momento, la profesora Hewett entró en la sala de estar, algo alterada. Aplaudió un par de veces, para llamar la atención de los estudiantes.

-Muchachos, siento mucho hacerles esto, pero la directora Xegolt ha ordenado que todos se vayan a acostar ahora –dijo en voz alta, con voz de fastidiada.

Varios chicos y chicas comenzaron a quejarse en voz alta, arguyendo lo temprano que era.

-No es decisión mía –agregó la maestra, elevando la voz -. Créanme que no es lo que yo quiero. Pero si no lo hacen, la perjudicada seré yo. Por favor, chicos.

-¿Ven? Ningún profesor se arriesga siquiera a desobedecer a Xegolt –dijo en un susurro la chica pelirroja, antes de ponerse de pie y marcharse al cuarto de chicas.

Los estudiantes que llenaban la sala de estar comenzaron a agolparse en los pasillos que conducían a los cuartos, aún quejándose algunos en voz alta. Diego se fue junto a Juan, conversando aún acerca de quién pudo ser el responsable. Entre sus opciones estaban el chico alto y fornido que había luchado contra Ludwig luego del partido de Quodpot y el resto de los miembros de ese equipo. Ambos junto a Carlos se quedaron conversando hasta muy altas horas de la noche en susurros, intentando no despertar a Hugo, que había demostrado a los chicos lo agresivo que podía ser si lo irritaban.

Antes de dormirse, los chicos habían llegado a la triste conclusión de que probablemente en los próximos días ciertos profesores se pondrían mucho más severos en cuanto a los castigos por las discusiones en clases, cosa que comprobarían ellos mismos al día siguiente.