El resto del mes de Mayo pareció avanzar lentamente. Las discusiones en clases, que habían aminorado en el mes anterior, comenzaron a estallar nuevamente ante los últimos hechos. Los castigos impuestos a los estudiantes que discutían en clases se volvieron mucho más severos de lo que habían sido hasta el momento, sobre todo en los profesores que desde el primer mes demostraron ser los más estrictos. Así, varios de los estudiantes de primer año tuvieron sus primeros castigos, los cuales consistían en su mayoría en limpieza de baños y aula. Quienes antes protagonizaban la mayor parte de las discusiones en clase fueron quienes recibieron los castigos más duros. Rebeca, por ejemplo, fue expulsaba de la clase de la profesora Hewett por un mes, pudiendo entrar solo para los exámenes de final del semestre. Los profesores menos estrictos adoptaron otras estrategias para evitar todo roce entre puristas y anti-puristas. Un ejemplo de esto fue lo que hizo el profesor Fawn, que optó por no utilizar la palabra “ser” para evitar toda discusión o comentarios desagradables de parte de un sector de su clase. Por otro lado, se dieron un par de enfrentamientos mágicos por parte de estudiantes mayores, todos ocasionados por puristas que culpaban a otros estudiantes de haber ocasionado la explosión. Severos castigos fueron impuestos por profesores hacia ellos, aunque más suaves para los puristas, por intervención de la directora. Esto último ocasionó alegatos de muchos alumnos, que fueron acallados mediante más castigos. En resumen, el final de Mayo estuvo cargado de castigos, por lo que para Junio el colegio lucía tan limpio y ordenado como lo habían encontrado el día en que habían llegado a él. Por los días finales de Mayo comenzaron a caer también las primeras lluvias fuertes, a diferencia de las suaves gotas que caían por el mes de Abril esporádicamente. Diego, que no estaba acostumbrado a que lloviera tan seguido, se quedaba en la sala de estar haciendo tareas cuando se largaba a llover. Había otros chicos que preferían caminar bajo la lluvia.

En la última semana de Mayo terminó el proceso de selección de estudiantes para el equipo de Quodpot que participaría en el campeonato ínter escolar que comenzaría en Julio. Sorprendido, Diego a veces salía a ver las prácticas, que no eran suspendidas aunque lloviera o tronara. Resguardado bajo su paraguas, el chico se detenía a ver a los veinte seleccionados, divididos en las prácticas en dos equipos de diez, que habilidosamente volaban a toda velocidad por los aires mientras se arrojaban la quod. Todo el colegio sabía que la profesora Contreras (que se encargaba de ser la entrenadora del equipo) era muy estricta con el equipo, que estaba integrado tanto por puristas como por anti-puristas. Tanto así, que estaba totalmente dispuesta a expulsar a miembros del equipo por pelearse por cosas de sangre. Diego y Sandro eran de la opinión que el equilibro que parecía tener el equipo no duraría mucho. Juan, que aún parecía tener esperanzas en una postura conciliadora, decía que gracias a los esfuerzos de la profesora, el equilibrio podría mantenerse.

Las clases particulares de Diego con el profesor Visic y Fawn habían proseguido, esta vez sin interrupciones. De este modo, el muchacho comenzó a adentrarse en teorías, mitos, leyendas y rumores sobre la magia, tanto en sus orígenes como en la actualidad. El profesor Fawn, gracias a sus conocimientos de otras culturas del mundo mágico, había sido un gran aporte para el aprendizaje de Diego, quien salía cada viernes por la noche maravillado. La cantidad de seres que eran capaces de controlar su magia en niveles sorprendentes y sin necesidad de varita ni ningún objeto mágico era algo que al chico lo había sorprendido mucho, y que había sido una puerta más abierta en su mente, a la cual llegaban un millón de preguntas distintas. Luego de cada clase, siempre llegaba a su cama reflexionando en torno a todas las discusiones que habían quedado abiertas.

A los estudiantes de primero y segundo comenzaron a llegarle también por esos días las primeras lecciones de parte de los más grandes. Resultaba que por ciertas épocas, según le había contado Juan a Diego y a Sandro, algunos conjuros estaban de moda, generalmente hechizos cuyos efectos servían para jugar bromas. Así, pronto los chicos comenzaron a aprender conjuros sencillos que eran utilizados en secreto para jugar bromas a sus compañeros. Por supuesto, castigos comenzaron a ser impartidos también por realizar ese tipo de bromas, ya que en muchas ocasiones estudiantes anti-puristas comenzaron a utilizarlos en contra de puristas y viceversa. A pesar de que en un principio parecía algo perfectamente superable y hasta incluso divertido (por la emoción que daba hacer cosas contra las reglas establecidas por Xegolt), cuando las sanciones y la “vigilancia” por parte de los profesores más cercanos a la directora (el profesor Salazar más que nadie) aumentaron al punto de que todos los posibles roces entre estudiantes puristas y anti-puristas eran evitados, los estudiantes comenzaron a sentir la incomodidad de la situación. Los partidos de Quodpot solo eran permitidos bajo la tutela de un profesor, los duelos para los estudiantes mayores eran cada vez más restringidos y, por supuesto, los castigos abundaban por cualquier infracción a cualquier regla y de manera mucho más severa que antes.

Por ese motivo, cuando recibió la breve carta firmada por el profesor Visic, una oleada de emoción y miedo lo golpeó, además de llevarse una sorpresa por lo que el adulto le pedía en la carta. Se la había entregado un estudiante mayor un jueves por la noche, a mediados de Junio. Lo había alcanzado en un pasillo del tercer piso, cuando Diego caminaba hacia los dormitorios de Quiul. Lo cierto era que el muchacho se había sorprendido mucho cuando el joven lo llamó por su nombre, y mucho más cuando le entregó la carta con una sonrisa de oreja a oreja. Una vez se la hubo entregado, el joven se marchó corriendo por el pasillo. Impaciente, Diego no se había resistido a abrirla en el pasillo y leerla allí mismo, con la poca luz que a esa hora otorgaban las velas.

El profesor Fawn nos estará esperando fuera del colegio. Encuéntrame en el puente que está en el límite del colegio, a las 9 p.m. Te lo explicaré todo allí.
Bruno.

Algo contrariado, Diego caminó con paso apresurado hacia la Sala de Estar. Bruno Visic lo iba a sacar del colegio por esa noche… ¿a qué se debería? Se abrigó mucho y salió a toda velocidad de la Sala de Estar, evitando todas las palabras que pudieran dirigirle Juan o algún otro compañero o compañera. Intentando ser lo más silencioso posible, se escabulló en la oscuridad por los pasillos y escaleras del colegio, deteniéndose en cada esquina a oír si es que alguien paseaba por el pasillo que a continuación recorrería. Para su suerte, era aún relativamente temprano, por lo que la guardia que algunos profesores montaban cerca de la puerta de la casona aún no estaba siendo ejecutada.

Cuando salió de la casona, el frío y el leve sonido de la lluvia que comenzaba a caer le hicieron acomodarse la capa y la bufanda. Comenzó a caminar por el pasto, rumbo al río. Se sentía mucho más seguro caminando fuera de la casona. Fuera de ella no había profesores que pudieran atraparlo. A pesar de que la distancia que tenía que recorrer desde la casona hasta el puente en el que iba a esperar al profesor Visic era relativamente corta, se quedó en los terrenos mucho más tiempo del que esperaba. Bajo la levísima luz que lograba atravesar las nubes que cubrían el cielo, Diego se detuvo en seco al oír murmullos. No pasó ni un segundo desde que el chico se detuvo para que volvieran a escucharse murmullos, que lograban confundirse a ratos con el murmullo que a su vez emitía la leve lluvia. Se mantuvo escuchando varios segundos más, temeroso de que fueran profesores quienes en voz baja conversaban. Sin embargo, una risa conocida le indicó que no se trataba de profesores.

Giró hacia su derecha. Lentamente avanzó hacia el lugar del que venían las voces, un grupo de matorrales que protegía a quienes conversaban de la vista de intrusos. Conforme se acercaba, los murmullos se hacían más nítidos y el chico comenzaba a distinguir algunas de las palabras que intercambiaban. Cuando estuvo frente a los matorrales, Diego pudo escuchar a Rebeca.

-Shhh… más bajo, imbécil –decía la muchacha en un susurro -. Si nos escuchan, arruinarás todo. Tenemos que tener cuidado… los profesores están cada vez más estrictos.

-Pero tenemos a la directora de nuestra parte –contestó otra voz femenina, también en un susurro.

-Eso es hasta cierto punto… ella tampoco puede hacer lo que se le venga en gana… -intervino una voz masculina.

Mientras escuchaba, Diego se pegaba más y más a los matorrales en su afán de oír mejor la conversación. Intentando no hacer ruido, iba lentamente aplastando su cuerpo contra las ramas y hojas mojadas, avanzando solamente con su pecho y cabeza. Así, luego de pocos segundos terminó parado en la punta de sus pies, con el cuerpo muy inclinado.

-Nadie sospecha nada… si es que resulta todo bien la próxima semana, ese asqueroso…

La conversación se vio interrumpida por el ruido del rompimiento de varias ramas y el quejido de Diego, que se llenó de dolor. El chico cayó sobre el grupo de ramas que se habían quebrado, enterrándose algunas levemente en el estómago. Su cabeza quedó al otro lado de los matorrales, del lado del que estaba el grupo de muchachos conversando. Fue reconocido enseguida. Antes de que pudiera levantarse, el grupo completo estaba de pie con varita en mano.

Rasgrá exclamó una muchacha apuntando a Diego justo en el momento en que este se levantaba. Por muy poco el haz de luz amarillo no le dio. Una vez se hubo puesto de pie, el chico no perdió tiempo y echó a correr hacia el río. La única que lo siguió fue Rebeca, quien corría con la varita en la mano gritando cosas que Diego no alcanzaba a escuchar. Un rayo de luz pasó zumbándole por oído, luego de lo cual el chico miró hacia atrás. La chica se encontraba peligrosamente cerca, el próximo conjuro no lo fallaría. Desesperado, intentó recordar algún conjuro útil. Sin embargo, lo único que se le venía a la mente eran esos estúpidos conjuros de moda.

-¡Locomotor Mortis! –exclamó Diego, apuntando a las piernas de Rebeca. Antes de que la chica pudiera reaccionar, sus piernas se unieron fuertemente, haciendo que, por inercia, cayera de bruces al pasto.

Conforme con lo que había logrado hacer, Diego continuó corriendo hacia el puente, el cual ya podía ser visto con la escasa luz que había en el lugar.

-¡Maldito impuro! ¡No sabes lo que acabas de hacer! -chilló Rebeca a la distancia, tirada en el piso -. ¡Rasgrá!

Concentrado en correr lo más rápido que podía, el muchacho no se percató del haz de luz amarillo que avanzaba velozmente hacia él, que terminó por darle bajo la oreja, ocasionándole un corte delgado. Dio un grito de dolor y puso su mano sobre el corte, pero continuó corriendo, temeroso de que el resto de los chicos lo estuvieran siguiendo. El corte resultó ser bastante corto y poco profundo, pero el ardor que sentía por el viento al correr le hacía poner muecas de doler a ratos. Un par de segundos después llegó al puente, totalmente protegido por la sombra de un sauce que había al otro lado del río. Guarecido por la oscuridad, era invisible para los ojos del grupo de muchachos que había dejado atrás. Parado en medio del puente, una figura oscura y con capucha miraba a Diego. Se trataba del profesor Visic, que esperaba al chico desde hacía varios minutos. El muchacho le pidió disculpas luego de saludarlo.

-No te preocupes –le contestó Bruno, sonriendo -. Te sugiero que te pongas la capucha de la capa.

Diego obedeció, sin entender bien porqué le pedía eso el profesor. La intensidad con la que caían las gotas era mucho menor que minutos atrás.

-¿Te ha visto alguien? –inquirió el profesor cuando comenzaron a caminar por el puente.

-Mh… sí –contestó tímidamente Diego, que miraba fijamente hacia delante, en donde a lo lejos un grupo de luces evidenciaba la presencia de un pequeño pueblo del que había oído hablar.

-¿Quién?

-Rebeca…

-¿Rebeca? –repitió el profesor, incrédulo -. Luego arreglaremos eso…

Caminaron en silencio por el camino hacia el pueblito que quedaba junto al colegio. Jamás había ido a ese lugar. No se permitía a los estudiantes de primero salir del colegio. A los de séptimo se les permitía salir durante las tardes y los fines de semana. Según lo que había oído, el lugar en el que se encontraba Lafken era un valle llamado Valle Perdido, en el cual se encontraban, además del colegio, varios poblados. El más cercano, Pineda, era al que aparentemente se dirigían en ese momento.

-¿En dónde te vio? –le preguntó el profesor, luego de varios minutos de silencio, cuando ya se podían ver algunas casas.

-En los jardines –contestó, mirando al profesor -. Estaba con un grupo de estudiantes escondidos en unas plantas.

-Esos puristas… -bufó Bruno, moviendo la cabeza de un lado a otro -. ¿Te vieron salir de los terrenos del colegio?

-No sé… corrí hacia el puente, pero me dejaron de seguir antes de llegar.

-Espero que no te hayan visto…o te podrías meter en un problema muy grande –le dijo, mirándolo, en el momento en que pasaban un letrero de madera que decía “Bienvenidos a Pineda” -. Oculta tu rostro. No permitas que nadie sepa que eres estudiante de Lafken.

Diego procuró que su rostro quedara cubierto por la sombra de la capucha y siguió caminando. Iban por una calle de adoquines, amplia. Las casas, la mayoría bajas y de madera, expelían humo a través de sus chimeneas. Probablemente dentro de ellas estuviera más agradable la temperatura, a diferencia del exterior, en donde el frío parecía penetrar hasta los huesos.

-Francisco nos está esperando en una taberna, junto a una amiga –le contó el profesor, luego de doblar una esquina -. Es a esa amiga a quien queremos presentarte. Es alguien de quien puedes aprender mucho.

Curioso, Diego no contestó. Permaneció en silencio, imaginándose qué clase de bruja podría ser la que le iban a presentar en breve. Pocos minutos después llegaron a la taberna en la que esperaba el profesor Fawn y su amiga. La taberna se llamaba “Kelpie” y era un lugar muy ameno, lleno de gente con capas de viaje y capuchas puestas. Eran pocos, ciertamente, los que tenían la cara al descubierto. Diego se sorprendió de que no lo miraran cuando entró junto al profesor Visic. Según su lógica, era demasiado bajo como para poder pasar desapercibido.

En cuanto llegó a la mesa en la que estaba Francisco Fawn comprendió porqué sí podía pasar desapercibido. Junto al profesor Fawn, que sonrió a Diego cuando se acercó a la mesa, una especie de humana del porte de Diego, de nariz ancha, piel cobriza y cabellos gruesos y grises estaba sentada. Era muy ancha de hombros y de varios de sus gruesos cabellos colgaban piedras semitransparentes sujetas a los cabellos por lana. Diego la saludó antes de sentarse en la mesa. Recordando las palabras de Bruno, no se quitó la capucha. El muchacho se percató de que mucha gente en la taberna se mantenía lejos y miraba a la extraña mujer que estaba junto a Fawn.

-Diego, te presento a Misha –le dijo el profesor Fawn, con una sonrisa que resaltó las marcas de edad que tenía por toda la cara -. Misha, él es Diego.

Misha asintió, mirando a Diego a los ojos. Tenían los ojos de color verde, con algunas manchas cafés. Evidentemente, se trataba de un ser no-humano. Sentía mucha curiosidad, pero sentía también mucha vergüenza de preguntar de qué clase de criatura se trataba. Quizá pudiera sentirse ofendida. De algo similar había hablado durante las primeras clases de Culturas del Mundo Mágico el mismo Francisco Fawn.

-Misha es parte de una cultura no-humana. Viven en profundos túneles cavados por ellos mismos, al interior de la cordillera de los Andes –le contó Francisco al muchacho mientras Bruno le hacía unas señas a un mesero -. Como está de viaje y pasó por acá, quise presentártela. Es una mujer muy sabia, de la que puedes aprender mucho.

El profesor le sonrió a su amiga. La conversación prosiguió como cualquier otra. Diego, que pensaba que ello iba a ser algo mucho más académico, se encontró mucho más cómodo con la dinámica que tuvo aquella noche. Simplemente se conocieron, conversaron y compartieron experiencias. Misha era una erm, seres humanoides que rara vez salían de sus profundos y complejos túneles. La erm se encontraba viajando hacia el norte, rumbo a las primeras regiones del país. Allí visitaría otra comunidad erm, con el fin de establecer relaciones para formar una suerte de red de apoyo mutuo. Fue poco lo que preguntó Diego a Misha, pues cada pregunta que se le ocurría venía acompañada de una incertidumbre acerca de cómo podría reaccionar la erm. Sin embargo, durante la noche la conoció y encontró que era un ser muy agradable, aunque un poco seria.

A eso de las doce se retiraron de la taberna. Dejaron en la mesa propina para el mesero y varios vasos vacíos, se levantaron y salieron. Afuera corría un viento helado que hizo tener un escalofrío a los cuatro seres. Mientras caminaban hacia las afueras del pueblo, Francisco preguntó a Misha si es que existía la posibilidad de que se reunieran otro día. Lamentablemente, la respuesta fue negativa, pero la erm se comprometió a visitar Pineda cuando volviera del norte. Antes de que la amiga del profesor Fawn entrara a la casa en la que se estaba hospedando, Francisco hizo la petición que Diego había estado deseando hacer hace muchísimo, desde que había oído acerca de la canalización de la magia que hacían los erm a través de su cabello.

-¿Podrías mostrarle a Diego cómo haces magia? –le preguntó a Misha. Esta lo miró con extrañeza, alzando una ceja.

Misha se llevó una mano al pelo y rompió uno de los trozos de lana con los que sostenía las piedras. Puso la piedra en la palma de su mano, mirando al profesor de Culturas del Mundo Mágico. Cerró la mano fuertemente, hasta que se oyó un crack. Un chorro de algo similar al humo salió del puño de Misha hacia Fawn, que se quedó muy quieto con la expresión de fascinación que había puesto cuando su amiga había sacado la piedra de su cabello.

-Buenas noches –se despidió entre risas la erm, antes de entrar a una de las primeras casas del poblado.

Bruno se rió y, apuntando con su varita al profesor Fawn, dijo finite incantatem. Luego de esto, Francisco volvió a moverse. Recién en ese momento Diego entendió lo que acababa de pasar. Misha había petrificado a Fawn de una manera muy extraña. Simplemente lo había mirado y había roto la piedra… ahora entendía, además, por qué los profesores querían que Diego conociera a una erm. La forma que tenían de hacer magia esos seres era algo totalmente distinto de lo conocido por los magos. Volvieron al colegio conversando acerca de la magia de Misha hasta que se encontraron en el puente, cruzando el río que marcaba el límite del colegio. En silencio, avanzaron a zancadas por el césped, hasta llegar a la puerta de la casona. Bruno Visic pegó una oreja a la puerta, oyendo. Hizo una seña con la mano a Fawn y a Diego y abrió la puerta. El casi imperceptible ruido que hizo la gran puerta al abrirse le pareció a Diego en ese momento de silencio absoluto un ruido insoportable, que seguramente despertaría a todo el colegio.

Se despidieron en el vestíbulo y, después de que ambos profesores le dijeran que tuviera muchísimo cuidado al subir a su habitación, Diego se fue caminando silenciosamente escaleras arriba. Recién en ese momento se dio cuenta del sueño que tenía. A pesar de eso, intentaba concentrarse lo más que podía en lo que estaba haciendo. Debía procurar no emitir el menor ruido y oír todo lo que pasaba a su alrededor. Varios profesores hacían guardia en distintos pasillos, por lo que el chico debía actuar con la mayor de las precauciones. A paso lento llegó finalmente al dormitorio, en el cual ya todos sus compañeros dormían. Se quitó las zapatillas y se acostó vestido. Lo único que quería en ese momento era dormir.

La mañana siguiente lo esperaría con una gran sorpresa. Todo salió extrañamente bien. Se despertó a la hora, se dio una ducha que le quitó todo el frío y bajó a desayunar. El tiempo le alcanzó de manera exacta para poder desayunar relajado, beber varias tazas de leche e incluso comer varias tostadas. Todo avanzaba normal en la primera clase de la mañana, hasta que alguien golpeó la puerta del aula. El profesor dejó de hablar, sorprendido por lo que pasaba. Era extraño que una clase se viera interrumpida por esa razón. Se abrió la puerta y la directora Xegolt entró en el aula, con una sonrisa que a Diego ya no le parecía más que un cinismo enorme.

-Diego Acuña, ¿está aquí? –le preguntó al profesor, quien asintió y apuntó a Diego -. Diego, por favor acompáñame.

No podía ser tan perfecto. Rebeca lo había visto la noche anterior, era imposible que todo siguiera así como así. Por supuesto… si es que ya no podía agredirlo, entonces utilizaría otros recursos. Diego guardó sus pergaminos, pluma y frascos de tinta en su mochila y salió con ella del aula, seguido de la directora. En silencio llegaron a su oficina, la cual seguía tal cual como la había visto varias semanas atrás el chico. Con una seña, la directora le indicó que se sentara. Una vez ambos se hubieron sentado, Bromgarda Xegolt separó los labios.

-Señor Acuña –le dijo, mirándolo a los ojos -. He sido informada de que el día de ayer ha salido de los terrenos del colegio.

Diego permaneció en silencio. No se sentía capaz de confirmar lo que la directora le decía, pero tampoco se creía capaz de mentirle.

-Grave falta, Diego –continuó -. Ante los últimos sucesos, las políticas del colegio han cambiado. Cierta gente se ha aprovechado de las libertades que el colegio daba, por lo que el castigo para ese tipo de gente es más severo ahora, ¿sabes?

Sentía como si la profesora estuviera amenazándolo, como si intentara asustarlo. ¿A qué se referiría con cierta gente? ¿Acaso a los de sangre impura?

-Rebeca también estaba fuera anoche… -dijo Diego, muy bajo.

-Nadie me ha informado de ello –le contestó la directora, sin dejar de mirarlo directo a los ojos -. Pero, por otro lado, el profesor Salazar me ha dicho que tú saliste de los límites. ¿Qué fuiste a hacer?

-Fui a pasear –se apresuró a mentir, nervioso.

-A pasear… ¿crees que puedes hacer las cosas así como así? Si quieres permanecer en este colegio, deberás seguir nuestras reglas –le dijo la directora, fríamente. Sacó un rollo de pergamino y, con una gran pluma de color negro, comenzó a escribir en él -. Escribiré a tus padres. Tendrás castigo hasta las vacaciones de invierno y serás expulsado ante cualquier otra infracción, ¿entendido?

Diego asintió, manteniendo la fulminante mirada de la directora. Le pareció ver indicios de una sonrisa en la cara de la directora, una sonrisa reprimida. Diego sabía, estaba seguro de que la directora disfrutaba ese momento más que otras cosas. Castigar impuros, esa debía de ser su mayor satisfacción.