A pesar de que durante los primeros días que siguieron a aquella noche la noticia de que Diego había salido de los terrenos del colegio no fue conocida por nadie más que por Rebeca, sus amigos, Sandro y Juan, el día martes durante el almuerzo todos quienes estaban allí se enteraron inevitablemente. Diego había podido comprobar la severidad con la que eran impartidos los castigos. Tuvo que estar (y tendría que hacerlo) cumpliendo con distintas labores incluso el sábado y el domingo. Limpiar baños, ordenar archivos, limpiar la lechucería fueron entre otros sus trabajos.

En realidad, no fue tan extraño para el resto de los estudiantes lo que sucedió esa mañana. Era ya frecuente, por la severidad de los castigos que imponían, pero en realidad Diego no se esperaba que su madre hiciera algo así. Cuando el sobre rojo cayó pesadamente sobre la mesa, el chico ya sabía qué era lo que vendría a continuación. Lo había visto en muchas ocasiones. Ni siquiera se impresionó cuando como una sola voz el rumor se extendió por todo el comedor, segundos antes de que estallara la voz femenina. Lo único que lo sorprendió de todo ello fue que fuera la voz de su madre la que gritara enojada en lugar de la de su padre. No tenía idea de ningún otro contacto directo con el mundo mágico de su madre que ese vociferador.

Simplemente se quedó mirándolo, mientras el resto del comedor volteaba la cabeza hacia él, expectantes todos. Juan, que comía a su lado, también se quedó congelado. A pesar de que tanto él como Sandro ya lo sabían, le sorprendió muchísimo la llegada del vociferador.

-¡EN QUÉ ESTABAS PENSANDO, POR DIOS! –se oyó en todo el comedor, como si el sonido del reto llenara cada espacio en el que había aire. Apenas Diego reconoció la voz de su madre su expresión cambió a una de sorpresa y hasta susto. Los que no se habían dado cuenta aún de que un vociferador había llegado a manos de un estudiante se asustaron -. ¡NO HAS COMPLETADO NI UN SEMESTRE EN EL COLEGIO Y ESTÁS YA AL BORDE DE LA EXPULSIÓN! ¡¿ES QUE ACASO NO SABES CUÁNTO LE CUESTA A TU PADRE MANTENERTE ALLÍ?! ¡SALIR DEL COLEGIO EN MEDIO DE LA NOCHE! ¡ESPERO UNA EXPLICACIÓN ANTES DEL VIERNES O YA VERÁS SI ES QUE VUELVES A LAFKEN LUEGO DE LAS VACACIONES DE INVIERNO!

Fue mucho más breve de lo que todos esperaban. En realidad, su madre fue bastante breve en aquel grito. El comedor se sumió en el más profundo de los silencios mientras la carta se quemaba junto al desayuno de Diego. Un par de chicos rieron por lo bajo. Por la frecuencia que tenía últimamente tal modo de retar a los pupilos, ya eran pocos los que aún se reían de ello. Después de todo, no eran muchos los que no habían recibido un vociferador aunque fuera una vez en su vida.

Bajó la mirada y siguió desayunando, silencioso. Tal había sido el nivel de enojo de su madre. Quizá su padre estuviera peor, en realidad le daba lo mismo. Con todo lo que había estado pasando últimamente el muchacho apenas se había detenido en pensar en sus padres. Los recordaba, claro, pero no era algo que tuviera tan presente como antes. De hecho, fue solo luego de haber oído el vociferador que se había dado cuenta del peso de lo que había hecho la semana pasada. El poco cuidado de Diego al salir así como así de los terrenos del colegio, sin siquiera fijarse bien si es que alguien lo seguía o no, había sido una irresponsabilidad enorme. ¿Qué pasaría si lo expulsaban de Lafken? Quizá perdería toda oportunidad de educarse en magia. Aunque aún le quedaba la duda de si realmente había sido Salazar quien lo había visto, la estupidez de haberse acercado al grupo de estudiantes a oír lo que decían ahora le pesaba en la conciencia.

No cobró demasiada popularidad la noticia de que había salido de los terrenos del colegio. La verdad era que castigaban estudiantes casi todos los días, por lo que las noticias eran desechadas casi diariamente. Por Diego el tema no fue desechado rápidamente. De hecho, la preocupación y la culpa de sus actos lo siguieron hasta el día en que volvió a su casa en Julio. Escribió con angustia la carta a su madre, intentando no suavizar los hechos. Le contó con detalle todo lo ocurrido, incluyendo las razones por las que había salido del colegio. Envió la carta y luego se fue a ocupar de lo que todos los estudiantes del colegio se estaban encargando por esos días: los exámenes de final de semestre. Habían sido avisados con tres semanas de anticipación, por lo que todos intuyeron bien que serían algo de un nivel totalmente distinto al de las pruebas comunes y corrientes.

Durante las tres semanas en las que todos (o la mayoría, al menos) los estudiantes estudiaban para los exámenes de final de semestre, la materia que entraría en ellos seguía acumulándose. Por supuesto, los profesores no dejaron de hacer sus clases y de seguir enseñando contenidos, que también evaluarían en los dichosos exámenes. Así, la atención se fue desviando desde los incidentes entre puristas y gente “impura” y los castigos hacia el estudio y la histeria colectiva que comenzaba a formarse conforme los días avanzaban. Se volvió muy común por esos días ver la biblioteca y las salas de estar abarrotadas de estudiantes sentados con libros abiertos, así como ver a chicos y chicas caminando por los pasillos mientras leían apuradamente. También se veía el otro extremo: gente que se quedaba en los terrenos disfrutando del sol, conversando y, si es que se conseguía el permiso (es decir, si es que se eran solo puristas o solo “impuros”), jugando quodpot.

Durante todo el periodo pre-exámenes, no se vieron incidentes de ningún tipo. Se calmó, para relajo de los profesores, el ambiente y los ánimos. Sin embargo, luego de la semana de exámenes (durante la cual la vida de los estudiantes se volvió dar pruebas y estudiar), los problemas aparecieron nuevamente. Diego, que no había recibido ningún comentario en los pasillos por su escape del jueves por la noche (pues lo sucedido fue dos semanas antes de los exámenes), comenzó a ser uno de los focos de molestia entre el grupo de amigos de Rebeca, quien parecía particularmente esforzada por sacarlo de quicio. Fue durante esos días en los que se puso a prueba la fuerza de voluntad del muchacho, quien ponía todos sus esfuerzos en no contestarle absolutamente nada a la chica, totalmente conciente de que, en caso de hacerlo, probablemente su expulsión fuera algo seguro.

Sin embargo, no solo cosas desagradables vinieron después de los exámenes. Las vacaciones se aproximaban más y más. Una vez terminaron los exámenes, eran apenas dos semanas las que quedaban para que muchos de los estudiantes volvieran a sus hogares junto a sus familias, luego de recibir los resultados de las pruebas. Las clases prosiguieron, pero el tan esperado campeonato nacional de Quodpot llegó tomando por sorpresa a casi todos. Los entrenamientos en el colegio se habían intensificado, por lo que era muy común ver el espacio en donde se comenzaba a montar el estadio del colegio ocupado por los veinte seleccionados. Un grupo de magos y brujas había llegado al colegio por esos días, con el objetivo de montar un estadio en poco tiempo. Para Diego en un principio era algo totalmente descabellado. En el mundo muggle era una total locura pensar en que se podría construir un estadio en cinco días, pero definitivamente para el mundo mágico no lo era en lo más mínimo. Era increíble para Diego el hecho de entrar a Botánica viendo al grupo de experimentados montando pesados objetos y moviéndolos con el uso de su varita y, al salir de la clase, verlos casi en las mismas posiciones, mostrando un avance considerable con respecto a la hora anterior.

Finalmente, para el seis de Julio el colegio ya contaba con un estadio de Quodpot, algo muy distinto a los estadios que se veían en el mundo muggle. Las graderías estaban a mayor altura, ya que el deporte se jugaba mayoritariamente a grandes distancias del piso. De color dorado y azul eléctrico, el estadio contenía una cancha muchísimo más grande de la que usaban los chicos al jugar durante los descansos y las tardes. Se convirtió en un lugar más frecuentado por los estudiantes, al igual que el río y los distintos sectores de los terrenos de Lafken. El estadio guarecía a los estudiantes de la lluvia y, dada la altura de las graderías, daba una muy buena vista a quienes reposaban luego del almuerzo.

La primera fecha del campeonato se daría en Lafken. El primer viernes de Julio llegó un grupo de veintitrés personas, todas vestidos con túnicas color verde limón, los veinte jugadores y tres profesores del colegio Andes, colegio que –según le dijeron a los estudiantes –estaba ubicado en la zona central del país. Los estudiantes que cumplían castigos habían preparado las habitaciones que usarían los invitados y habían dejado el colegio reluciente o, como les dijo la directora Xegolt, “digno de ser visitado por gente externa a él”. La verdad era que si no hubiera empezado el campeonato de Quodpot, los estudiantes castigados ya no tendrían más cosas que hacer. Para Diego, que se lamentaba cada vez que recordaba que su castigo se extendía hasta el final del semestre, era un real misterio saber qué cosa le tocaría hacer en su próximo castigo (que era al día siguiente, siempre). Era quizá la única parte entretenida del castigo, imaginar las posibilidades de lo que tendría que hacer a continuación.

El primer domingo de Julio se celebró el partido que muchos de los alumnos de Lafken esperaban ansiosamente. La profesora Contreras había hecho un estupendo trabajo en hacer que los muchachos del equipo se mantuvieran sin pelearse durante los entrenamientos y en cualquier espacio que tuviera que ver con el equipo oficial del colegio. Se decidió llevar a cabo el partido a pesar de la gruesa lluvia que esa mañana caía. Los estudiantes, guarecidos bajo amplios paraguas y abrigados con capas y mucha ropa, acudieron al nuevo estadio del colegio. Diego fue al lugar acompañado de Juan, Sandro y algunos otros compañeros, varios de ellos mayores. Los chicos mayores, de segundo en su mayoría, contaron a los más pequeños que años atrás había existido un estadio muy bonito, con murales pintados por estudiantes del colegio. Sin embargo, misteriosamente ese año cuando todos habían vuelto de sus vacaciones el estadio ya no estaba. La curiosa idea que habían compartido los mayores se perdió al cabo de pocos segundos, ya que una voz amplificada anunció el inicio del encuentro y, en definitiva, de la primera fecha del campeonato nacional de Quodpot.

-Estimados estudiantes –comenzó a decir una voz masculina, desconocida para Diego, luego de un par de segundos. Resonaba en todo el estadio, amplificada no sabía cómo. Probablemente producto de algún conjuro. Quien hablaba era un hombre de bigote y cabello negro, vestido con una túnica de color verde botella, parado en una plataforma que flotaba en medio de la cancha a gran altura -. Es un placer para la Federación Nacional de Deportes Mágicos dar inicio a un nuevo torneo ínter escolar de Quodpot. Han sido ya más de cien torneos los que junto a la Federación se han realizado, todos con resultados muy hermosos. Los lazos que se han creado entre los estudiantes de distintas escuelas a lo largo del territorio nacional han sido creados por instancias como esta. Los estudiantes mayores quizá puedan afirmarlo…

Eran pocos los estudiantes que ponían total atención al hombre que hablaba, de los cuales la mayoría eran estudiantes pequeños. El resto de los estudiantes conversaba alegremente, apostaban o se miraban con mala cara a la distancia. Varios profesores estaban ubicados cerca de los grupos más conflictivos de estudiantes. Nadie quería que la primera fecha del campeonato se suspendiera por altercados relacionados con ideas puristas.

Un par de minutos más tarde se oyeron aplausos luego de la finalización del discurso de Carlos Rebosio, presidente de la Federación Nacional de Deportes Mágicos. Finalmente, el campeonato ínter escolar daría inicio. La plataforma que flotaba en medio de la cancha descendió de las alturas y el mago del bigote bajó de ella. Pocos segundos luego de ello, ambos equipos salieron por lados opuestos de las canchas, todos los estudiantes cargados con sus escobas y vistiendo túnicas de distintos colores. Los estudiantes del Colegio Mágico Andes vestían túnica color verde limón, todas con el nombre del jugador en la espalda y el escudo del colegio sobre el pecho. Por otro lado, los estudiantes de Lafken vestían túnicas color azul eléctrico, las cuales tenían los nombres de los jugadores en color dorado en la espalda.

-Por el Colegio Mágico Andes, Astorga, Bloomfield, Briones, Díaz, Jiménez, Martínez, Medeiros, Pedraza, Torres y Valenzuela –anunció una voz masculina, de la cual esta vez no se sabía la procedencia -. Por Lafken, Echeverría, Gianini, Hewett, Mardones, Ocampo, Puente, Quezada, Urrutia, Vera y Waldbaun.

Mientras el comentarista decía los nombres de los jugadores del equipo de Lafken, el público que llenaba el estadio estalló en vítores y silbidos, muestras de ánimo para los diez jugadores que se reunían en la mitad de la cancha con la árbitro y el equipo del colegio Andes. Diego se imaginó a sí mismo en la posición en la que estaban los diez seleccionados de Lafken. Seguramente estaría tiritando de los nervios y del frío.

Una vez todos los estudiantes hubieron estrechado sus manos, los jugadores se pusieron en posiciones. Todos alineados en ambos extremos de la cancha, en el lugar contrario del pot en el que debían echar la quod respectivamente. La árbitro hizo sonar el silbato el tiempo que, con un hábil movimiento de varita, arrojaba la quod hacia el cielo. Sin esperar ni un solo segundo, los veinte jugadores patearon el piso y comenzaron a elevarse montados en sus escobas. Los primeros en encontrarse a una altura suficiente se lanzaron a toda velocidad hacia la quod, que ya comenzaba a caer hacia el suelo. Desde las graderías, los estudiantes veían manchas de color azul y verde que volaban de un lado a otro a través de la densa lluvia que caía.

Emocionados, los estudiantes de Lafken animaban a sus jugadores con gritos y cánticos que Diego no tardó demasiado en aprender. Así, durante la hora que duró el partido, Diego se mantuvo cantando animoso junto a Juan y a Sandro, emocionándose con las jugadas extrañas, rápidas y, a ratos, peligrosas que los jugadores hacían y los puntos que marcaban. Nunca antes había asistido a un espectáculo deportivo, y mucho menos había participado de esa forma, alentando al equipo y celebrando la victoria que obtuvo.

Todo el mundo se fue sumido en la alegría de la victoria de Lafken de vuelta hacia la casona, mientras que los jugadores se retiraban a los vestidores. Aún cantando, los estudiantes avanzaron por los terrenos, aún “escoltados” por profesores que buscaban evitar las peleas entre estudiantes. Ya era una costumbre ver ese tipo de cosas de parte de los profesores. Mientras caminaban, reconoció un par de metros delante de él el rubio cabello de Tanya. Hacía varios meses que no conversaba con la chica. Supuso en ese momento que habría estado muy ocupada por el colegio.

-¡Eh! ¡Tanya! –exclamó, mientras comenzaba a andar más rápido, separándose de Juan y de Sandro.

La chica no volteó, por lo que Diego apuró aún más el paso hasta estar justo detrás de ella. Le tocó un omóplato con el dedo para llamar su atención.

-Tanya… -le dijo, deteniéndose. La chica volteó y lo miró con una expresión que Diego nunca antes había visto en ella -. Hace mucho que no hablá…

Tanya volteó nuevamente y siguió caminando, ignorando completamente al chico. Sin entender nada, Diego se quedó escasos segundos parado en el lugar mientras los estudiantes y Tanya seguían avanzando. Aceleró el paso una vez más, algo nervioso por lo que acababa de pasar. Agarró a Tanya de la túnica instintivamente.

-¿Qué pasa? –le preguntó, deteniéndola.

-¡Suéltame! –chilló Tanya, mirándolo con odio.

-¡Qué es lo que te pasa, Tanya! –insistió Diego, desesperado y asustado.

-¡Que me sueltes, asqueroso impuro! –le gritó la chica de vuelta, metiéndose una mano al bolsillo de la túnica.

Diego la soltó inmediatamente, con el corazón latiéndole fuertemente. Mantuvo la mirada de la chica por varios segundos más en los que ella seguía con la mano metida en el bolsillo. Cuando se oyó la voz de la profesora Hewett atrás de ellos, Tanya sacó la mano de su bolsillo y se volteó nuevamente, caminando rápidamente hacia la casona. Diego, atónito, se quedó parado donde estaba, dejando pasar al grupo de estudiantes por su lado y mojándose el cabello con la lluvia que aún caía en grandes cantidades. Una mano que se posó en su hombro lo sacó de su estado de sorpresa, llevándolo de vuelta a la realidad.

-¿Qué pasó, Diego? –le preguntó Sandro, poniéndose a su lado a la vez que Juan se ubicaba al otro lado

Comenzaron a caminar juntos los tres chicos, recorriendo los pocos metros que les faltaban para llegar a la casona. Diego comenzó a hablar una vez se encontraron subiendo la escalera hacia el segundo piso.

-No sé bien… -contestó, taciturno -. Tanya… me trató de impuro.

-¡¿Qué?! –exclamó Sandro, sorprendido. Su amigo estaba tan sorprendido como él, ya que había conocido a Tanya a principio de año, cuando había demostrado ser una persona muy agradable y acogedora.

-Ya oíste… -le dijo Diego –El mundo mágico no es tan bello como lo imaginábamos.

El tema de Tanya se convirtió en algo así como un tema tabú para Sandro y Diego. Ambos se vieron bastante afectados al enterarse que la chica era en realidad purista y que estaba dispuesta a olvidar y rechazar a los chicos por sus ideas. El ánimo de Diego estuvo por lo bajo la última semana de colegio, durante la cual las clases se presentaron más laxas, a diferencia de los castigos de Diego, que seguían tan duros como siempre. Parecía que habían reemplazado a los empleados que hacían limpieza en la casona por los estudiantes castigados, que se encargaban ahora del aseo diario del lugar.

Extrañamente, no recibió ninguna respuesta de parte de su madre en esos días. Diego suponía que Casandra esperaría a verlo para conversar el tema frente a frente. No era algo muy común en la mujer, que no dudaba en retarlo a través del teléfono, pero Diego se quedó con esa idea. No vio más a Tanya en ese semestre y tuvo que seguir soportando las molestias de Rebeca y su grupo de amigos cada vez que se cruzaban en los pasillos. Con todo el esfuerzo puesto en ello, el chico seguía con su plan de ignorar totalmente los comentarios de los puristas.

Cuando llegó el día en que partirían los buses hacia el norte, Diego se sintió profundamente aliviado. La última semana de su primer semestre en Lafken fue lo suficientemente tediosa como para que fuera un alivio volver a casa. El hecho de que Tanya lo hubiera rechazado, el enojo de su madre, su riesgo de ser expulsado, los comentarios de Rebeca y los desagradables castigos habían transformado totalmente el estado de ánimo con el que se desenvolvía Diego habitualmente.

Se subió al bus junto a Sandro luego de despedirse de Juan, que pasaría las vacaciones en el colegio. Se ubicaron en un sillón ancho, demasiado cerca de Tanya para el gusto de ambos y permanecieron en silencio hasta quedarse dormidos. Se despertó a ratos, sin saber bien en dónde se encontraban ni qué hora era. A decir verdad, no pudo dormir bien ni en el sillón ni en las camas que en el segundo piso había. Luego de despertarse varias veces y echar miradas a Tanya, que conversaba alegremente con sus amigos un par de asientos más allá, había decidido ir a las camas del segundo piso a intentar dormir. Tardó más de una hora en lograr conciliar el sueño. Entre sueños, recordó al día siguiente haberse despedido de Sandro, quien se bajó cuando el bus se detuvo en Valdivia. El resto del viaje se lo pasó durmiendo, teniendo extraños sueños que más que eso parecían recuerdos deformados, como si un recuento de lo que había sido su primer semestre se estuviera paseando en forma de imágenes por su mente.

El bus se detuvo de pronto. Diego abrió los ojos y se encontró de costado mirando una pared. Se incorporó y, luego de despertar bien, se levantó. Bajó lentamente al primer piso para ver cómo Tanya caminaba, cargada con su maleta, hacia el pasillo del bus. Habían llegado a Santiago. Sacó su maleta del compartimiento en el que la había guardado antes de salir de Lafken y caminó arrastrándola hacia el exterior del bus.

La luz del día lo encandiló apenas salió del transporte. El parque Bustamante a su izquierda le indicó en dónde se encontraban. Una serie de adultos se encontraban de pie junto al autobús, recibiendo a sus hijos. El olor a humedad y el sol radiante de la mañana indicaban que la capital despertaba luego de varios días de lluvia, cosa poco común en esos meses.

-¡Diego! –exclamó una voz femenina al tiempo que un par de brazos le envolvían el cuerpo. Sin dejarle ni un segundo para hacer algo, su madre comenzó a besarlo por toda la cara.

-Ya… basta –protestó, intentando cubrirse el rostro con sus manos, dejando caer la maleta.

Una vez su madre se separó de él, Diego pudo distinguirla, igual de radiante que siempre a pesar de todo. Junto a ella, su padre, bien vestido como siempre, lo miraba con los brazos cruzados.

-Nos debes una explicación, hijo –le dijo su mamá, un tanto acelerada, mientras tomaba su maleta.

-¿Cómo? –preguntó Diego, extrañado, mientras comenzaban a caminar por la calle General Bustamante hacia el oriente.

-Aún no nos cuentas por qué fue que hiciste aquella tontería. Siento mucho haberte enviado el vociferador, pero me encontraba muy enojada –le contestó su madre -. Ahora que ya me encuentro más relajada podemos conversar el tema con calma, ¿no? Supongo que te encontrabas muy ocupado y no pudiste escribir.

-Pero si te escribí… -dijo Diego, cada vez más sorprendido.

-No recibí nada –contestó Casandra, deteniéndose en seco.